La Comarca de Calatayud
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Casi todos los finales de mes suelen ser peliagudos para quienes vivimos de una modesta nómina, per al fina del último noviembre se presentaba absolutamente desastroso para este humilde alegante. Imagino que no van a creerme si les digo que necesito imperiosamente enviarles un conminatorio. Si no lo hago, y pronto, acabaré por enfermar.

Consideren ustedes: Después de haber estado veinticinco años prestando mis servicios profesionales a determinada empresa, la tal decidió que ni mis servicios ni los de docenas de compañeros le eran prácticamente necesarios, y,  alegando meticulosas razones de vacas enflaquecidas, resolvió lanzarnos a ese acogedor mar del desempleo donde una concienzuda merma de la espórtula sostiene a flote unos meses o unos trimestres a los forzados y flacos zangones del paro. Hasta que, con prórroga y todo, llega el fatídico momento de recordarles el letrerito final de la viejas películas: "The End".

Y ese fin llegaba para un servidor al día siguiente de la noche de autos. Durante muchas semanas se había molido de trotar en busca de una ocupación decente, ¡pero, cualquiera, a los cincuenta años, la encuentra ni medio decente cuando hay tantos beneméritos ciudadanos con menos edad que, teniendo bien cubierto el riñón violario, las consiguen aduciendo recomendables razones personales a las que no es ajena la de abaratar la mano de obra!

Como no soy trasnochador, esa noche me fui a la cama poco después de las doce. Antes de acostarme dejé sobre la mesita de noche el paquete de cigarrillos, la cartera y las gafas. La cartera, aparte de la documentación, guardaba mis dos últimos billetes de banco. Y no me servía de ningún consuelo que uno de ellos ostentase la barretinada efigie de Jacinto Verdaguer.

Por culpa de mis bartuleos tardé bastante en quedarme dormido, y cuando lo hice mi sueño estuvo entreverado de pesadillas y sobresaltos. De madrugada, más tarde comprobó que eran las tres, me despertó un ruido leve e insólito que sonaba en mi habitación, algo así como un frotar de hojas secas o el canto apagado de un grillo÷ aunque la noche no estaba precisamente para grillos.

Encendí la luz y esperé inmóvil en el lecho, con los ojos entornados y vigilantes. Poco después volvió a repetirse el sonido, que indudablemente nada tenía que ver con los élitros de un ortóptero. Era una especie de ¡ji-jí! repetido a intervalos por una vocecita aguda y burlona. Y, aunque en la iluminada habitación no se veía a nadie, esa vocecita burlona sonaba a dos o tres palmos de mi cabeza, como si la "voz" estuviese inclinada sobre el lecho.

Puse en tensión todos los músculos de mi cuerpo y, calculando la distancia, me alcé bruscamente con el brazo derecho disparado al aire. El puño de ese brazo, tendido diagonalmente, se cerró sobre un puñado de éter. Pero mis dedos sintieron la clara sensación de haber apresado algo suave y escurridizo como una madeja de seda. Del puño, ante mi pánico apenas contenido, empezó a brotar una vocecita asustada y plañidera:

- ¡Ay, ay, ay!÷ No aprietes tanto÷ ¡Que me estás asfixiando!÷

- ¿Sí, eh? -gruñí decidido a seguir adelante-. ¿Se pude saber qué o quién eres?

- Soy uno de los genios del sueño÷ ¡Pero afloja un poco los dedos, hombre!÷ Me has agarrado por el cuello.

- Te está bien empleado por venir a burlarte de un pobre mortal.

- No me burlaba.

- Pero te reías.

- Es que andaba observando los visajes tan raros que hacías al dormir÷ ¿Por qué no me sueltas?

- Porque antes quiero ver los visajes que haces tú dentro de mi puño. Si tienes voz también tendrás forma. Con que ya estás recuperándola para que te vea.

- No puedo. Nos está prohibido, salvo en situaciones muy graves, manifestarnos.

- Pues la situación difícilmente va a poder ser más grave para ti, porque si te niegas voy a seguir apretando.

- ¡Ay÷ ay÷! ¡Que me estrangulas, bruto!÷ Afloja un poco la mano y haré la invocación.

- Lo que sea hazlo pronto, que se me cansa el brazo de tenerlo extendido÷

Instantes después, a mi puño, arriba y abajo, le fue naciendo una niebla estirada y sutil que, espesándose, formó una figurita blanquísima con cuerpo de nutria y cabeza de jilguero. Balanceándose en mi puño se presentó lastimeramente:

- Aquí me tienes÷ y fíjate en qué facha.

- Tanto gusto÷ ¿Quieres sentarte? Te dejaré una silla o sobre la cama si me prometes no desaparecer sin avisarme.

- Lo prometo.

- ¡Hum÷! Creo que no es suficiente. Tienes que prometerlo por algo. Aquí tengo un libro que habla de Buda. Promételo por÷ OM.

- ¡No me pidas eso! -gimoteó la figurita-. ¡No sabes bien lo serio que es lo que me pides!

- ¡Hola÷! ¿Entonces querías largarte? ¡Pues no lo harás sin mi consentimiento! Con que, o juras o aprieto÷

- ¡Ay, ay÷ Haré lo que quieras÷

- Extiende lo que tengas por mano sobre el libro.

- ¿Así?÷ Prometo por OM no desaparecer sin tu consentimiento.

- Promete también que me ayudarás.

- Prometo ayudarte.

- Eso está mejor. Acomódate a tu gusto sobre la colcha mientras enciendo un cigarrillo. ¿Te molesta el humo?

- Me molesta muchísimo, porque nuestro elemento es límpido. ¡Aunque bueno lo están poniendo rusos y americanos!

- ¡Claro! ¡Con tanto artilugio espacial!÷ Pero vayamos al grano, señor genio: Puesto que parece ser el encargado de vigilar mi sueño, ¿puedes decirme que opinión te merezco?

- ¡Que eres un bruto! Por poco me estrangulas.

- Acepta mis disculpas÷ ¿Sólo opinas de mí que soy un bruto?

- Y un infeliz.

- ¡Vaya!÷ ¿Y por qué soy infeliz?

- ¿Te parece poco motivo que, después de haber trabajado tanto, no tengas ahora un céntimo?

- Ya veo que andas al corriente÷ Pero tampoco lo debo. Y tengo buena salud.

- Regular, no presumas. Tu presión arterial, estos días, deja bastante que desear.

- No me extraña, con tanto rebusqueo por ahí÷ A propósito: Puesto que pareces saberlo todo, vamos a ver si sabes donde puedo hallar un buen empleo.

- Cuando digo que eres un infeliz÷ ¿Para qué quieres un empleo?

- ¡Anda! Para ganar dinero. Con dinero se vive.

- ¡Dinero! ¿Es que no hay dinero en la tierra bastante para todos los seres?

- Supongo que sí. Pero so lo reparten entre unos pocos.

- Y tú÷ vamos a ver÷ ¿Como cuánto dinero necesitas?

- ¡Qué sé yo! Creo que con cuarenta o cincuenta mil pesetas tendría para ir tirando.

- ¡Vamos, hombre! ¡Cincuenta mil pesetas! ¡Muchos aperitivos podrás tomarte en algunos sitios que yo me sé! ¡Y en buen lugar iba a quedar entre mis cofrades dándote esa miseria! Te digo que me entran ganas de no mover ni un solo dedo en tu favor.

- No lo tomes así÷

- Lo tomo así porque no estoy dispuesto a ayudarte si aceptas únicamente esa limosna.

- ¿Qué es lo que debo aceptar para que me ayudes?

- Como mínimo un millón.

- ¿Un millón? ¿Estás loco?

- ¿Loco yo, pedazo de tuturuto?

- Está bien. Si ese es tu capricho, que sea un millón.

- Lo tendrás esta misma noche.

- Pues procura espabilarte, porque lo quiero÷ entérate bien÷ lo quiero en billetes de mil pesetas, usados y con series corrientes. No vayas a darme billetes que se evaporen o que pongan tras mí a los de investigación en marcha.

- ¡Ah! Aquellos de la tele÷

- Ya veo que seguiste los programas.

- ¿Qué remedio? Arriba nos asaetean con ondas desde todos los puntos del globo. A veces hasta nos llegan desde la Luna o desde Marte.

- Seguro que son los Apolo. ¿Puedo preguntarte de dónde piensas sacar ese millón?

- ¡Bah! De cualquier comercio.

- Déjate de comercios. Los comerciantes, aunque suelen aplicar el coeficiente cuarenta y tres, anda ahora llorándole a doña crisis÷

- Entonces, de un banco.

- Nada de bancos. Los bancos operan con los ahorros de unos cuantos románticos. Aparte de que tanto el director como el cajero podrían ser unos honrados padres de familia a quienes buscases la ruina.

- ¡Vaya, hombre!÷ Me estás poniendo en un aprieto con tus escrúpulos÷ Tendré que buscar ese millón en un sitio que no los despierte.

- ¿Qué sitio es ese?

- El Banco Nacional.

- ¡Te he dicho que nada de bancos! ¿Es que les tienes manía?

- ¡Deja que te explique, caray!÷ Un Banco Nacional, aquí o en Perú, es una casa dedicada  a guardar dinero, que puede fabricarlo nuevo e incluso quemarlo. Tiene juntas rectoras, presidentes y toda clase de mandamases, pero el tal dinero no es de ninguno de ellos÷ ni personalmente es de nadie.

- ¿Cómo es eso?

- Porque es dinero del país. Y el país, creo yo, lo componen el más empingorotado personaje, tú, el barrendero que limpia la calle÷ Ese dinero, por lo tanto, también es un poco tuyo. ¿O conoces a alguien que pueda decir que el dinero del país es exclusivamente suyo?

- No, pero÷

- ¡Déjate de peros! Si ese dinero es también un poco tuyo, ahora tienes la ocasión de pedirle un pequeño préstamo.

- ¿A cuenta de qué?

- De lo que te debe, infeliz- ¿Sabes de qué se forman los cupos y las reservas de una nación? De los tributos y de las exacciones. Impuestos sobre el tabaco, sobre la gasolina y el alcohol, sobre los cordones de los zapatos. Un automóvil paga treinta y tres clases de impuestos reconocidos: una camisa ocho. ¿Cuánto te ha sacado a ti la nación en cincuenta años de consumo? ¿Y qué te ha ofrecido a cambio, aparte de horas y más horas de trabajo? ¿Te ha dado siquiera una medalla o una triste condecoración?

- Las condecoraciones son para los militares: ellos ganan las guerras y las terminan.

- Los militares ganan las guerras y las terminan÷ pero también las empiezan.

- Me parece, pequeño genio, que eres demasiado cínico. No me sorprendería que acabases encerrado.

- Procuraré no dar a nadie la oportunidad de hacerlo -dijo la figurita echándose vivamente hacia atrás-. Es ya momento de que me concedas permiso para dejarte. El trabajo he de terminarlo antes del amanecer.

- Conforme: puedes marcharte. Pero, dime una cosa: ¿no te da reparo meterte en un lugar que se encuentra, según dicen, lleno de trampas y vigilantes armados?

- ¡Bah!÷ Los vigilantes estarán ahora echando alguna partidita de naipes÷ Por favor, ¿quieres apagar la luz?

Accioné el interruptor, y creo que no tardé en dormirme de nuevo. Me desperté tan tarde que el sol penetraba ya verticalmente por una cristalera de la estancia. Cuando aún estaba inmóvil entre las sábanas y contemplando vagamente una grieta del techo, recordé de golpe la sorprendente pesadilla nocturna y sonreí torcidamente pensando en los alucinantes desvaríos a que puede ser sometida una mente atribulada. Los orientales dicen que los sueños de la noche suelen ser hijos de las preocupaciones del día. Y un servidor, por culpa del maldito desempleo, se hallaba más preocupado que puede estarlo, a estas alturas, un fabricante de organillos.

Mi incorporé sobre el lecho y con gesto maquinal estiré un brazo hacia la mesita de noche en busca de un cigarrillo. Pero el brazo, a medio camino, se me quedó paralizado. Sobre el tablero del mueble, junto al paquete de cigarrillos, la cartera y los lentes, había una alta pila de billetes de Banco÷ Salté del lecho como un muelle disparado y, todavía en pijama y con los pies desnudos, tras vencer un instintivo pavor de tocarlos, repasé febrilmente el montoncito de billetes. Todos eran de mil pesetas, bastante usados y de series muy dispares. Los conté sintiendo un escalofrío: había exactamente mil.

Por favor, no me pregunten que hice el cuarto de hora siguiente, porque yo mismo no lo recuerdo. Creo que estuve a punto de desmayarme y que me salvó de caer cuan largo era la oportuna reflexión de que iba semidesnudo÷ Más tarde metí los billetes en una caja de zapatos, y hace una semana que los tengo allí sin decidirme a tocarlos. Sólo, de vez en cuando, levanto la tapa de cartón para comprobar que no se han evaporado.

Tres días después llegó lo del periódico. En un diario local encontré la siguiente información:
 

EXTRAÑO SUCESO

Tenemos noticias confidenciales y fidedignas de que estos días ha ocurrido un hecho rarísimo en el interior del Banco Nacional.

La tarde del último 30 de noviembre, llegada la hora del cierre habitual de oficinas, se hizo como es norma de la entidad un recuento de los billetes de Banco en existencia y, levantada acta del total de los mismos, dichos billetes fueron colocados en alineados paquetes en el interior de la caja blindada del establecimiento, caja que fue cerrada con su secreta combinación y las tres gruesas cerraduras de que dispone, cada una de cuyas tres llaves guardan el regidor, el cajero y el interventor del Banco, quienes tanto para el cierre como para la apertura de dicha caja han de aportarlas previamente. También se hallaban presentes los vigilantes armados de turno, que sólo son relevados después de efectuarse tales operaciones.

El hecho inexplicable a que nos referimos en nuestra fidedigna información radica en que al abrir al día siguiente la mentada caja fuerte con las tres llaves, caja que aparecía sin la menor huella de violencia exterior, todos los presentes pudieron ver con la más inaudita sorpresa que en su interior los paquetes de billetes dejados la fecha anterior aparecían completamente revueltos, faltando bastantes de ellos, y que sobre el hueco resultante se encontraba una hoja de papel de la misma oficina garabateada con unos trazos de escritura tagala o etrusca que los técnicos en la materia tras difíciles y penosos estudios pudieron traducir por algo así como "Muchas gracias".

Lo más inconcebible y sorprendente de este hecho es que la revuelta caja fuerte, cuyo contenido fue dejado con la más absoluta seguridad en perfecto orden, aparte de estar vigilada toda la noche, una vez cerrada dispone de un poderoso sistema electrónico capaz de captar el roce de una mosca o la aproximación de un cucaracha.

Según el cómputo practicado después, la cifra de billetes desaparecidos asciende a cinco millones de pesetas.
 

- ¡Cinco millones! -clamé indignado aquella madrugada en el silencio de mi alcoba-. ¿Dónde estás, genio embustero y traidor? ¿Qué has hecho de todo ese dinero?

La voz del genio tardó un poco en dejarse oír, y lo hizo con un perceptible acento compungido. Lo achaqué, de momento, a una contrita pesadumbre por su fea acción.

- No soy traidor -pronunció claramente, aunque a prudente distancia de mi lecho- ni tampoco te he mentido. De la caja fuerte sólo tomé los mil viejos billetes que guardas en el estuche de zapatos. Precisamente hube de revolver varios paquetes para completas la suma con los más usados.

- ¡Anda la leña! ¿Y los otros cuatro millones?

- Algún aprovechado del río revuelto, que los hay en todas partes, ha multiplicado la suma. Uno por cinco, cinco por uno÷ ¡Puaf!÷ Daría coraje si no diese demasiada lástima.

- No te apenes, genio. Después de todo, para tí el dinero no tiene ninguna importancia.

- Pero lo tiene el comportamiento humano: vuestro sucio comportamiento. Os habéis vuelto hipócritas y desaprensivos. Cada día sois un poco más cínicos y un poco más egoístas. Decía que el mundo se ha degenerado, que se ha convertido en una selva de bestias embrutecidas. ¿Qué queréis? El mundo, vuestro mundo, anda sí de envilecido porque la villanía, la ambición y el mal ejemplo de los mayores está destruyendo innoblemente hasta la inocencia de los niños. Y cuando se destruye la inocencia de un niño se destruye también un poco de su bondad.

- Hablas como un anciano, genio.

- Soy.. somos tan viejos como el Universo. Hace muchos soles, cuando la vida era una primavera de flores y de pájaros÷

- Eso me interesa mucho. ¿Qué años tienes ahora?

- Los años sólo cuentan para quienes medís el tiempo con máquinas. Nosotros vivimos y dormimos en la esperanza y el ensueño, y, mientras se duerme, sea el sueño de una hora o de un milenio, el tiempo no existe. Tampoco existirá para vosotros cuando durmáis el sueño del Evo; al despertar, tal vez convertidos en niños, creeréis que sólo habéis tenido los ojos cerrados un segundo.

- Lo que acabas de decir me parece muy bonito, pero debo confesarte que no lo entiendo. Ni por qué tenéis que andar escondidos.

- No es culpa nuestra que nos se nos quiera descubrir. Cuando alguien de vosotros ha soslayado un peligro inminente o un riesgo tenebroso no se le ocurre pensar que si puede sentir el asombro de encontrarse sano y salvo es porque quizá en aquellos momentos alguno de nosotros, genio o duendecillo, revoloteaba prodigiosamente a su lado.

- Me estás haciendo pensar, amigo genio. Yo mismo, en cierta ocasión÷

- Tú has tenido una oportunidad única÷ Si pudieses verme el cuello, comprobarías que aún lo tengo amoratado÷ Para los demás no existimos.

- Tampoco lo entiendo. ¿Por qué, si podéis, no os manifestáis de vez en cuando?

- Porque a continuación se nos pediría descubrir alguna mina de diamantes o que detuviésemos la rueda de la Fortuna en el número que se lleva en el bolsillo. Y, ahora, aunque lamentándolo mucho, debo abandonarte. Mi plazo ha terminado.

- ¿Te esperaré mañana?

- Ni mañana ni nunca.

- ¿Qué dices?

- Por haber dudado de mí y por haberme calumniado jamás volverás a verme ni  a oírme.

- ¡Oh, genio! Perdóname÷

- Te perdono, ya que en el fondo eres un infeliz, mas debo cumplir las reglas. Adiós÷

- Genio, genio÷ ¡Aguarda un poco!

- No puedo

- ¡Dime al menos si debo dar testimonio de ti!

- No se te ocurra, por tu propio bien;  te buscarías demasiadas complicaciones÷ ¡Hasta nunca!÷

Me quedé consternado, y todavía sigo estándolo. Consternado y perplejo. Con la mano sobre mi limpia conciencia puedo asegurar que de ninguna manera había pensado antes quedarme con el dinero que conservo intacto en la caja de zapatos. Mi honrada intención era devolverlo a su legítimo dueño. Pero, desde hace cuarenta y ocho horas, un inquietante y roedora sospecha me tiene, además de indeciso, recelosamente alarmado.

Porque, ahora÷ díganme ustedes si, ahora, por devolver ese millón, no me expongo al riesgo inapelable y tenebroso de que luego se me reclamen cuatro millones más. ¡Los cuatro millones más que algún aprovechado se metió en la manga!

 

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