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Sarica, la Borda



FRANCISCO TOBAJAS GALLEGO | En 1903 y por entregas en la Revista de Aragón, apareció la novela Sarica la Borda (novela de costumbres aragonesas), del escritor bilbilitano Juan Blas y Ubide (1852-1923), que un año más tarde se editaría como libro.

La novela se desarrolla en Cerrillares, un pueblo que bien podía ser Maluenda, aunque en él "están retratados todos los pueblos del Jalón y del Jiloca", como bien señalaba Luis Horno Liria en 1952, en un acto de homenaje que tributó Calatayud al político y escritor en el primer centenario de su nacimiento. Horno Liria afirmaba que las "descripciones de paisaje son magníficas, primorosamente observadas", pintando a los habitantes de estos pueblos: "Duros, laboriosos, apasionados". En el libro, Blas y Ubide nos relata las costumbres del lugar, los trabajos, sus vecinos, pobres y ricos, sus rencillas, sus consejas y también sus tragedias.

Blas y Ubide nos describe Cerrillares: "Tiene el pueblo dos plazas casi en sus extremos unidas por una calle no muy ancha con el nombre de Real o Mayor, que corre paralela al monte, de la cual parten estrechas callejuelas que por un lado bajan hacia la vega y por el otro suben a la falda del cerro y se fraccionan en estrechas cuestas en zig-zag que conducen al barrio de las cuevas. (…) En el centro de la plaza baja, más grande y de figura irregular, se levanta un olmo colosal y centenario, a un lado el muro de derruida iglesia que sirve de juego de pelota y al otro el arco de entrada frente al puente que comunica con la Señoría, arrabal situado en la margen izquierda del río".

Blas y Ubide se fija en el paisaje. "Por el centro de aquella vega pintoresca como una alfombra oriental donde amarillean los rastrojos, verdean los cultivos con diversos tonos, azulean las correntías y rojean los barbechos, salpicada de árboles frutales y cruzada en todas las direcciones por brazales de riego que brillan reflejando la luz, atraviesa el cristalino río serpeando entre las torcas de chopos, olmos y sauces que bordean sus orillas; un azud se detiene junto al pueblo formando espacioso remanso, tranquilo como un lago, que se despeña en espumosa catarata".

La casa del infanzón de Cerrillares, bien podía ser el palacio de Argillo de Saviñán. "El espacioso portal está rodeado en su frente y parte de los costados por un corredor, elevado cosa de un metro sobre el empedrado pavimento, desde el cual se sube por dos escaleras de cinco suaves peldaños. A este corredor se abren grandes puertas que dan entrada a las habitaciones de la planta baja. Otra puerta al nivel del empedrado conduce a las cuadras y sótanos.

Detrás de la casa, que hace esquina a una calle estrecha, se extiende dilatada huerta tapiada que llega hasta la orilla del río".

Cerrillares tenía como Patrona a la Virgen de la Asunción, de la que se relata su fiesta, con procesión, misa con sermón y fuegos artificiales. Después de tocar diana y mientras voltean las campanas, el gaitero recorre las calles. "Con tal algarabía, raro será el mozo que a las cinco de la mañana no se haya vestido el calzón nuevo y la camisa limpia; y atadas las trenzaderas negras de las alpargatas miñonas sobre la blanca y estirada media, puesto coquetonamente el vistoso pañuelo de seda en la cabeza, con un puñado de cuadernas en el bolsillo del chaleco, la cabritera en la morada faja que ciñe sus lomos, la chaqueta al hombro y la vara de fresno en la mano, no se haya lanzado a la calle a tomar el aguardiente". Las mozas visten sayas de indiana, zapatos de becerro, con pañuelo de seda o mantilla a la cabeza. Los viejos y viejas se visten "con sus trapitos oscuros", ocupando los primeros bancos de la iglesia. Los más pequeños corren y juegan, "recorriendo los puestos de confitura que hay en la plaza".

La procesión era por la tarde: "Las procesiones iban antiguamente desde la parroquia a la Iglesia baja y viceversa; cuando se cerró la Iglesia hacían estación debajo del olmo y regresaban; pero desde que el tío Leoncio era alcalde había conseguido que pasaran el puente y llegaran a la plaza de la Señoría, lo que no pudo lograr fue que estacionaran delante de su casa y la parada se verificaba al regreso, debajo del árbol centenario, donde se cubría el suelo con aneas tiernas, que los chicos utilizaban como silbatos de dulce sonido". Al anochecer había fuegos artificiales en la plaza.

Horno Liria escribía: "Con ella dejamos a Cerrillares, un pueblo aragonés como tantos otros, en el que la tierra lo es todo y en cuyo recinto hemos visto vivir y sufrir con toda humanidad a un puñado de hombres y mujeres, cuyos trasuntos podemos aún ver pasar junto a nosotros", haciendo memoria de otros tiempos.

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