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Fidel Sebastián: 'Teresa de Jesús es una de
las cumbres de las letras españolas'


Fidel Sebastián, experto en filología y puntuación,
en su casa de Barcelona

ANTÓN CASTRO | Fidel Sebastián Mediavilla nació en Calatayud en 1948. Es experto en puntuación del siglo de Oro y estudioso de la Teresa Cepeda y Ahumada (1515-1682), de la que se cumplen hoy los 500 años de su nacimiento en Ávila.

Es el autor de la edición crítica del 'Libro de la Vida' (RAE / Galaxia Gutenberg) de Santa Teresa de Jesús, libro que también publica el sello Lumen. "Teresa de Ávila es una de las cumbres de la literatura española con su buen amigo San Juan de la Cruz" -explica el filólogo bilbilitano-. Afirmaba fray Luis de León, que editó sus obras tras su muerte, que dudaba que existiera en nuestra lengua quien se pudiera igualar a ella en la forma del decir y en la pureza y facilidad del estilo. Si en Miguel de Cervantes admiramos la perfección en el uso del español ya hecho, en Santa Teresa nos deleita la maestría en un castellano que aún se está haciendo".

Hay un momento en que parece que se va a inclinar por una vida más mundana, más cotidiana. ¿Qué le llevó a cambiar de opinión?
Dios la favorecía en la oración con vivencias muy intensas. Por otra parte no sabía negarse a recibir a las muchas visitas que la venían a ver, y esto la disipaba: se debatía entre el coro y el locutorio. Esto le causaba una tensión que pensó superar eliminando la oración mental. Más tarde reconocería que este fue el mayor peligro que pasó en su vida, y recomienda que no la abandone nadie que haya empezado a tenerla, por mal que se esté portando, porque es el medio más eficaz para poderse enmendar.

¿Cuál es la aportación del 'Libro de la vida', del que hizo dos versiones? La segunda la concluyó en 1565 a los 50 años?
Lo escribió para sus asesores porque buscaba por encima de todo la verdad, y quería saber con certeza si andaba bien con su modo de hacer oración, en la que menudeaban los fenómenos místicos que Dios le daba sin ella buscarlos. Lo escribe con intención de anonimato, por lo que evita nombres o detalles que la puedan identificar si el libro escapara de las manos de sus destinatarios. El resultado es una obra maestra de la literatura en general, y de la mística en particular; un retrato humano y psicológico donde se han inspirado los más altos creadores artísticos y donde han encontrado un banco de pruebas los analistas de la salud física y mental.

Háblenos de esas visiones del Cristo resucitado, de los ángeles... ¿Se podría entender eso en alguien que no sea un místico?
Parece, por la historia, que también las han tenido ocasionalmente personas que no han alcanzado la santidad. Santa Teresa, en todo caso, insiste en que no está la santidad en tener visiones ni revelaciones. Ella no las quería, y pidió a Dios que se las quitara, sobre todo cuando estaba delante de otras personas: no quería llamar la atención ni que la tuvieran por santa. No obstante, todo lo que Dios le mandaba lo agradecía. Tenía por regla segura no guiarse por esas visiones (donde podría ser engañada por sí misma o por el demonio), sino por lo que dispone la Iglesia para todos y de lo que le mandaban sus confesores.

Otro asunto que ella describe con precisión es la levitación. ¿Era verdadera o era soñada?
Cuenta en el 'Libro de la vida' que algunas veces, en oración, se elevaba todo su cuerpo; pero -precisa-"esto ha sido pocas". También lo cuentan las testigos, aunque ella les mandara que no lo dijeran. Para evitar que lo notasen, si estaba en la iglesia, pedía que la sujetaran, o se tendía en el suelo. Pero pidió a Dios que no le diese levitaciones en adelante, y no las tuvo más.

¿En qué consiste su edición del 'Libro de la vida'?
En primer lugar, fijar el texto, a partir del manuscrito autógrafo que se conserva en El Escorial y revisando las ediciones impresas anteriores. Se han resuelto algunas erratas que se arrastraba desde la primera edición. Se ha devuelto el sentido y la coherencia a frases que quedaban inacabadas o que presentaban irregularidades sintácticas: hay que tener en cuenta que la santa no puntuaba prácticamente sus manuscritos, y que el personal de la imprenta donde se estampó por primera vez hizo lo que pudo, puntuando muchos pasajes difíciles inadecuadamente (todas estas divergencias se justifican en el 'Aparato crítico').

Mis estudios sobre la puntuación en el Siglo de Oro español me han servido mucho en este empeño. Por otra parte, por primera vez se anota exhaustivamente el texto, con todas las aclaraciones que el lector necesita sobre el contexto cultural, social, espiritual y filológico.

¿Qué tienen de particular sus notas para esta edición?
Las notas se estructuran en dos niveles: a pie de página, lo que se considera indispensable para el buen entendimiento de lo que refiere el texto; en un apartado específico de 'Notas complementarias' lo que el erudito o el curioso quiera saber más acerca de ello. Los estudios que acompañan al texto ofrecen al lector el estado de la cuestión a día de hoy respecto a la crítica histórica y literaria y a los diferentes aspectos de la investigación sobre la santa y su obra. Dos índices, uno onomástico y otro de notas, permite buscar fácilmente aquel asunto sobre el que se quiere consultar.

¿Cómo es el estilo de Teresa de Ávila?
Sencillo. Escribe como se habla; como hablaba una hidalga castellana vieja del siglo xvi, que había leído mucho y que estaba acostumbrada a hablar y escribirse, del rey abajo, con todos. Tengo comprobado que aprovecha y, sobre todo, place mucho más leerla en voz alta. Mejor: oír que la leen bien. No se olvide que tanto ella, como Cervantes, por ejemplo (que también procuraba escribir como se habla), vivían en un medio cultural en el que lo más común era la lectura en voz alta; en parte, porque eran pocos los que sabían leer; y en parte por hábitos culturales y sociales como las reuniones familiares para leer o las lecturas en común de los refectorios.

Leyendo su estudio, el prólogo y los comentarios, y la obra de Teresa Cepeda y Ahumada, parece una obsesa de las fundaciones de conventos... ¿Con qué objetivo?
Al principio no pensó sino en fundar un monasterio donde se viviera la regla del Carmen como la vivieron los primeros carmelitas en Palestina, en pobreza y silencio y meditación, siendo pocas. Luego, cuando el general de todos los carmelitas la visitó en el recién fundado monasterio de San José, la animó a fundar tantos cuantos pudiese con el mismo espíritu. Y ella obedeció a su superior y a Dios, que le empujaba a ello en su oración. Pensó que era cuanto ella podía hacer para ayudar con sus oraciones a los que trabajaban por escrito y de palabra en defensa y propagación de la religión. Luego sería ella misma la que pediría al general que le permitiera fundar monasterios de hombres que las pudieran confesar y gobernar con su mismo espíritu, y así comenzaron los frailes descalzos, extendiéndose prodigiosamente por toda España y saltando fuera de España antes de acabar el siglo.

Teresa le ha interesado mucho a la literatura, al cine, al teatro, a las jóvenes generaciones de escritores como Ray Loriga, Espido Freire, Carolina Morales, Juan Mayorga, entre otros. ¿Qué tiene esta mujer de particular, por qué ejerce esa atracción hacia nuestros contemporáneos?
Teresa ofrece muchas facetas que pueden atraer la atención de diferentes sensibilidades: la escritora, la mística, la fundadora, la doctora. Desde el mismo momento de su muerte empezó a abastecer de materia a poetas como Góngora, Argensola o Cervantes; a Jacint Verdaguer, Gabriel y Galán o Manuel Machado; a dramaturgos como Lope, Catulle Mendès o Eduardo Marquina; a novelistas como el aragonés Ramón J. Sender, Olaizola, Bárbara Mújica o Jesús Sánchez Adalid, que analiza su vínculo con la Inquisición. Y todos los que usted cita más arriba y tantos otros más que ahora, con motivo del V Centenario están presentando nuevas obras de su producción.

Una última cuestión: Fernando Delgado, en su próxima novela, fabula acerca de la relación de amor entre Teresa y su confesor Jerónimo Gracián. ¿Se sabe algo real?
Es un disparate. En el estudio que acompaña a mi edición cuento toda la historia de cómo unas monjas inquietas del monasterio de Sevilla, después de que se hubo marchado la santa, a instancias de los calzados y con la connivencia de su problemático confesor, denunciaron no solo que hubo trato carnal entre la madre y Jerónimo Gracián, a quien llevaba nada menos que treinta años (tenía la santa entonces sesenta y tres) sino que Teresa había tenido varios hijos que había despachado para América con la colaboración de su hermano Lorenzo. A pesar del absurdo, la cosa hizo ruido en Sevilla. Finalmente, una de las causantes se desdijo y la Inquisición acabó no tomando en consideración las acusaciones, sin abrir siquiera las diligencias. Lo que es cierto es que la sintonía y el aprecio mutuo entre la fundadora y el que sería primer provincial de la descalcez fue altísimo, como revelan los escritos de una y otro. Confío poder editar próximamente la vida del padre Jerónimo Gracián escrita por él mismo, ciertamente ejemplar y apasionante.

Heraldo de Aragón (28-3-2015)

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