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El castillo de Mesones

F. TOBAJAS GALLEGO | El magnífico castillo de Mesones se asienta en un cerro que domina el pueblo y se comunica con los castillos de Tierga, Arándiga y Gotor, ocupando una antigua línea defensiva de la frontera de Aragón por las estribaciones del Moncayo. Su origen puede que se remonte a los tiempos de Ramiro II, desempeñando en todo caso un importante papel durante la guerra de los Pedros. Tras el famoso Compromiso de Caspe comenzará a ser desmantelado.

Mesones ya fue donado al Temple por Sancha de Abiego en 1175. A mediados del siglo XIII estaba bajo poder real y de esta manera siguió hasta 1315, año que Fernando I obligó parte de la dote de Sibila de Anglesola, mujer de Juan Jiménez de Urrea, sobre dicho lugar.

Mesones con su castillo parece esconderse tras el pueblo de Escobar, patria del licenciado Felipe Marta, imaginado por Juan Blas y Ubide en su novela El licenciado de Escobar, de 1905. Lo cuenta José María López Landa, Cronista de la Ciudad de Calatayud, en una conferencia leída en el Ateneo de Zaragoza el 17 de marzo de 1945, en homenaje al literato bilbilitano.

En 1370, Lope Fernández de Luna, arzobispo de Zaragoza, manda construir el castillo con piedra sillar de las canteras de Morata, en estilo gótico, desdeñando el ladrillo y el mudéjar. Es posible que trabajara en su reconstrucción Ibrahim de Túnez, el moro de las fortificaciones de Daroca. El castillo es de planta rectangular, con seis torreones y una capilla con cúpula mudéjar, en verdad, impresionante. Según los entendidos, sus pinturas guardan estrecha relación con el maestro del tríptico del Monasterio de Piedra.

Del castillo, a pesar de su abandono, llama la atención la capilla, los torreones, las nobles estancias, los sótanos abovedados, los signos lapidarios de las piedras y un curioso retrete turco en voladizo que se encuentra en uno de los torreones de oriente, el más cercano a la puerta de entrada, y que evacua sobre la misma pared del castillo.

En el preciso relato del viaje que llevó a cabo su graciosa majestad el rey Carlos II a Aragón en la primavera de 1677, para jurar los Fueros aragoneses y presidir Cortes, debido a la pluma de Francisco Fabro y Bremundans y publicado en 1680, consta que entre el numeroso y selecto séquito real no faltaban las lavanderas de Corps, de Boca y de Estado, un cocinero de servilleta, un sangrador de Cámara, un barbero de Corps y varios mozos de retrete.

Francisco de Quevedo y Villegas, que vivió en Madrid en la calle de Lope de Vega, esquina con la calle del León, y casó en Cetina con Esperanza de Mendoza el 26 de febrero de 1634, en cuyo castillo comenzó a escribir La virtud humillante contra las cuatro pestes del mundo: Envidia, Ingratitud, Soberbia y Avaricia, es autor también de un curioso libro que conozco por la edición de Madrid de 1997, facsímil a su vez de otra de Sevilla de 1901, con el título de: Gracias y desgracias del ojo del culo. Y precisamente, como no iba a ser de otra manera, refiriéndose a eso mismo cuenta que "como cosa tan necesaria, preciosa y hermosa le traemos tan guardado, y en lo más seguro del cuerpo, pringado entre dos murallas de nalgas, amortajado en una camisa, envuelto en unos dominguillos, envainado en unos gregüescos, habahado en una capa (...)". Pero aun tan necesario y principal, siempre le acompañó el infortunio. "(...) todos los miembros del cuerpo se han holgado y huelgan; los ojos gozan de la hermosura; las narices huelen lo suave y odorífero; la boca gusta de lo sazonado, y besa lo que ama y le parece bien; la lengua retoza entre los dientes y se deleita con el reír y con el ser pródiga cuando un amante pide a su dama se la envaine; y al fin, como hemos dicho, no hay miembro que no se huelgue; sólo el culo es tan desgraciado, que una vez que se quiso holgar lo quemaron". Estas festivas chanzas del de los quevedos vienen acompañadas de otros dos estudios no menos útiles y laudatorios, como es la cristiana y devota Defensa del pedo, traducción de la que escribió en latín el Señor Don Manuel Martí, decano que fue de la insigne colegial iglesia de la ciudad de Alicante y la atenta descripción de las seis clases de pedos o, lo que es lo mismo, de las seis razones para conservar la salud, predicadas el Martes de Carnaval por el Padre Barnabas, a la que sigue una no menos graciosa y ocurrente serie de cuentos y sucedidos.

Los estoicos gustaban llamar a las cosas por su nombre, también los castizos gustan llamar al pan, pan, y al vino, vino, y no de otra manera, que es confundir la vida y las sanas costumbres. También los antiguos eran de la opinión que el pedo era una prueba más de amistad. Al menos nuestro lejano abuelo Marcial así lo dejó dicho: "La sola señal que en ti/ advierto de amistad, es/ la frecuencia con que pees,/ Crispo, delante de mí". Salud, pues.

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