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La Venganza de los Carboneros

FRANCISCO JAVIER DE LEÓ N | Entre las decenas de crónicas escritas con la sangre de los miles de víctimas de la revolución rusa, apenas en unos breves noticias o sueltos, se fue conociendo los datos sobre de la muerte de una familia en la pequeña localidad baturra de Cetina, un pueblo del partido de Ateca. Aunque la prensa apenas le dedicó unos telegramas, sin duda podemos considerar la matanza de Cetina como uno de los crímenes más brutales en la historia de la criminalidad de la España de comienzos del siglo XX, y hasta del XXI.

En Cetina, se ha cometido un crimen misterioso. Así comienza la crónica de un suceso conocido el 19 de enero de 1905, y que conmocionó a toda la comarca. Una choza de carboneros, situada en un paraje del monte Chaparral, a unos kilómetros de la localidad zaragozana de Cetina, tres horas a pie, ardió durante la noche y en su interior yacían cinco cuerpos calcinados. Eran los cuerpos de una familia de carboneros formada por los padres y tres niños pequeños. Desde la primera noticia la venganza comenzó a imprimirse con letras mayúsculas.

El jefe de la familia, como solían llamar a Federico Pasamol Marco, era natural de Calcena, y tenía cuarenta y cinco años; su hijo mayor, Antonio, tenía once, la siguiente, María, de cinco años, y la pequeña, Brígida, contaba apenas dieciséis meses. Vivían del carboneo.

El día 18, Gabriel Horno, vecino de buenas relaciones y amigo de la familia se desplazó hasta la cabaña para encontrarse con Federico Pasamar y al llegar al lugar se encontró la cabaña hundida, carbonizada y cubierta por la tierra de las paredes que el calor hizo desprenderse. Inmediatamente dio conocimiento de lo ocurrido a Isidora, hermana de Federico y vecina en una cabaña cercana, y a las autoridades locales.

Desplazados el Juez de Ateca, Felipe Rey y el fiscal, Antonio Astray, comenzaron las diligencias de investigación. Durante la noche del miércoles al jueves, la familia fue sorprendida mientras dormía y ejecutada violentamente. El cadáver de Federico estaba junto a la puerta, y debió ser el primero en encontrarse con los matadores, en el centro estaba el de Juana López, y los de los niños en el fondo de la choza. Todos ellos habían sido asesinados a cuchilladas, que pudieron ser numeradas en más de cien, tras lo cual los autores del crimen habían prendido fuego a su humildísima morada, a los efectos de hacer desaparecer cualquier huella del crimen. Junto a las víctimas, a seis pasos de distancia, se encontró un puchero de porcelana volcado, que debió dejar el autor de la salvaje venganza, y en el asa un papel en el que podía leerse la siguiente inscripción: Castigo. Para que os acordéis. Cetina. Escrita con lápiz, las letras mostraban diversas florituras.

Entre los lugareños comenzaron los primeros rumores, que señalaban a otros del oficio, carboneros, que en su hosca soledad trenzaban agravios de entre ellos, tan profundos que llegaban a sobrevivir más de cinco generaciones. El odio implantado en sus chozas era herencia maldita de aquellas humildes proles dedicadas a la venta del mineral. Y, así, tras las primeras declaraciones, las sospechas apuntaban hacía un tal Santiago Pasamar, que hacía poco había simulado un robo con la supuesta complicidad de Federico, si bien debió salir mal y ambos discutieron, a consecuencia de lo cual Santiago debió vengarse de Federico. Otros recordaban la licenciatura en prisión de Federico, y comenzaron a señalar con sus dedos redentores a los hijos de Bruno Horno, vecino de Calcena y hermano de Gabriel, muerto violentamente hace años por Federico en aquel mismo lugar, según decían en defensa propia, por lo que fue absuelto en el juicio. El Juez ante la disyuntiva ordenó a la Guardia civil traer a su presencia tanto a unos como a otros, para lo que fueron reconcentrados los Guardias civiles de los puestos de Ateca y Alhama.

Pasados unos días, eran ya un buen número los arrestados por la investigación. Uno de ellos muy significativo, el de Antonio Gil, alias el Bizco, detenido en casa de su hermana Claudia, la viuda de Bruno Horno, el asesinado diez años antes por Federico. Su salida del pueblo el día del crimen y su desaparición durante unos días le convirtieron en otro posible sospechoso. En su primera declaración, intentó justificar su ausencia, confirmando que fue al monte de Cetina para dirigirse a Monteagudo, donde debía tomar el tren, pero que se perdió en el monte y no pudo llegar a la estación, así que tuvo que hacer el viaje a pie. Su oficio de carbonero, desarrollado en aquellos parajes durante muchos años, le permitía conocer atajos y veredas, lo creó mayor sospecha sobre el mismo.

En una laboriosa investigación, que duró algo menos de un mes, las responsabilidades estaban esclarecidas. El 10 de marzo fueron conducidos a la prisión de Zaragoza por cinco guardias civiles, los considerados instigadores del Crimen Claudia Gil y su Hijo Fulgencio Horno, y los ejecutores Antonio Gil y Gregorio Horno.

Apenas unos días después, el día 29, el fiscal se desayunaba con la petición de 15 penas de muerte para Antonio, Gregorio y Fulgencio, por la comisión de cinco asesinatos, cualificados por premeditación, nocturnidad y despoblado, y la de seis meses de reclusión por el incendio, y de treinta años de prisión para Claudia por el encubrimiento, seis años y un día por cada uno de los asesinatos encubiertos. Un par de días después del comienzo de las sesiones, el día 18, el fiscal retiró la acusación contra Claudia, siendo puesta inmediatamente en libertad.

El día 22, a las nueve y media, terminó la vista oral y el Jurado declaró culpables a los tres encausados, sentenciándolos el Tribunal de derecho a cinco penas de muerte para cada uno y seis meses de prisión correccional por el delito de incendio. A Antonio y Gregorio como autores materiales y a Fulgencio como autor por inducción. Los reos cenaron esa noche en la Audiencia, y hasta pudieron charlar con la prensa, a la que mostraron su conformidad con su suerte: Ahora es cuando se ha hecho justicia y no en Soria, cuando fue absuelto Pasamar de la muerte del padre de Gregorio.

La vista del recurso ante el Tribunal Supremo, se llevó a cabo el 26 de junio de 1906, pero no prosperó y la condenas a muerte se mantuvieron intactas. Como en tantas otras ocasiones, llegó la gracia del indulto con motivo del Viernes Santo de 1907, convirtiendo la pena de muerte en unos años de prisión, y de tras ellos la libertad.

Noticias de Almería (14-6-2019)

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