La Comarca de Calatayud
Archivo Bibliográfico - Enciclopedia - Directorio de Empresas - Páginas de Calatayud - Noticias - Tienda - Foro - Tablón de Anuncios

Inicio/ Noticias de Calatayud

Páginas de Calatayud
GEOGRAFÍA E HISTORIA
PATRIMONIO ARTÍSTICO Y MONUMENTAL
LITERATURA
FERIAS, FIESTAS, TRADICIONES
ARTE Y ARTISTAS
BIOGRAFÍAS
TURISMO
HOTELES Y RESTAURANTES
VIAJES
ECONOMÍA
DATOS ESTADÍSTICOS
INDUSTRIA Y COMERCIO
ADMINISTRACIONES PÚBLICAS
SALUD
DEPORTE
TRABAJO
ENSEÑANZA
INFORMÁTICA
ASOCIACIONES Y COLECTIVOS
MEDIOS DE COMUNICACIÓN
VARIOS

Búsqueda de información
Google
PUBLICIDAD

Idas y venidas

FRANCISCO TOBAJAS GALLEGO | La primera vez que fuimos con la maestra de párvulos a pasar la tarde al campo de fútbol de san Vicente, tuve la extraña sensación de pisar calles nuevas y caminos que no conocía hasta entonces. Mi mundo era así de pequeño.

De pequeño mis tías me llevaban a la misa de la tarde y después iban paseando hasta la Virgen del Pilar, bajo las moreras de la carretera, a donde todos los chicos iban a coger hojas para alimentar a los gusanos de seda.

Los primeros días de escuela me llevaba mi madre de la mano, pero luego ya iba yo solo todos los días. Cuando se salía de la escuela del recreo a la una, se echaban carreras hasta la plaza, para ver quien llegaba antes, sorteando a todos los chicos y chicas que salían de las escuelas gritando, como si en verdad hubieran estado presos en ellas todo un lustro y un día. Cuando se estaba poniendo el agua corriente por la calle de la escuela, no teníamos recreo y salíamos media hora antes, pero a don César se le iba el santo al cielo y nos dejaba salir a la una menos cuarto o menos diez, a pesar de las protestas de los escolares.

Cuando alguien de la familia se iba de viaje, íbamos a despedirle al apeadero y a esperarlo al mismo sitio, aunque el tren siempre venía con algo de retraso. Y aquello era todo un acontecimiento para todos nosotros. Las locomotoras eran aún de carbón, de las que echaban humo, y nos producían una extraña sensación de fascinación y de miedo. ¡Cuánta inquietud producía ir a esperar a alguien al apeadero! ¡Cuánto respeto producía el tren con aquel ruido y aquel humo! Algunos chicos colocaban monedas en las vías, para que el tren pasara por encima de ellas.

En el tren venían los familiares de la capital, los que regresaban de boda, los novios de la luna de miel, la recadera, las cartas, la Guardia Civil, los músicos para las fiestas de agosto, el maestro, el huevero y algunos años hasta los Reyes Magos de Oriente. Algunos trenes paraban en el apeadero del pueblo, pero otros no paraban y era preciso ir hasta la estación de Paracuellos, siguiendo una senda estrecha, que corría paralela a las vías.

Había grandes temporadas que me sentía muy desganado y mi madre me llevaba a un médico de niños de Calatayud. Aquel día mi madre me vestía de domingo, me ponía los zapatos que hacían ruido con las piedras de las cunetas de la carretera y nos íbamos a esperar al tren al apeadero. Cuando el tren silbaba varias veces y comenzaba su traqueteo, mi madre me levantaba y me asomaba a la ventanilla al pasar a la altura del almacén de los Policarpos, para decir adiós a mi tía y a mi abuelo, que estaban llenando las peras de roma. Era en verdad impresionante el paisaje que podía verse desde la ventanilla de aquellos trenes con asientos de madera. Los puentes sobre el río Jalón, los túneles, los pueblos que quedaban a un lado y al otro de la vía, recostados sobre una ladera al sol de la mañana o de la tarde.

Calatayud era un pueblo muy grande, que tenía muchas tiendas y comercios, plazas con ailantos y largas calles con adoquines, bares con limpiabotas y ventiladores, iglesias, conventos y cines. A la vuelta todos los primos nos estaban esperando en el apeadero. Parecía que volvíamos después de un largo viaje de semanas.

Para la feria de Calatayud ponían un tren especial con más vagones de lo habitual. Mi abuelo no faltaba ningún año a la corrida de toros. Se iba en el primer tren de la mañana y volvía en el último de la tarde. Cuando mi abuelo iba a Calatayud, siempre comía en Rogelio. La gente iba a las ferias, donde los tratantes compraban y vendían mulos y machos, a los autos de choque, al paseo, a la tómbola de caridad, a la plaza de los ajos, a la corrida de toros y al empastre, al que dejaban entrar a partir de los siete años. Todos los años salía el bombero torero y la banda del empastre. Los toreros eran muy malos. Recuerdo que un año el estoque le salió al toro por un costado, lo que provocó pitos y fueras del público. De vez en cuando pasaba un hombre ofreciendo refrescos en un cubo de cinc. Después del empastre se iba a la feria, a montarnos en los tiovivos y en los autos de choque. En la feria vendían manzanas de caramelo, coco natural, algodón dulce y churros. Al final de la tarde toda la gente se volvía a encontrar en la estación, esperando al último tren. Recuerdo que un año mi padre me compró en el quiosco de la estación un cuento que todavía conservo. Se titulaba Lunarcito y a mí me gustaba mucho. Era la historia de un gato que se iba de casa y vendía su cola a un perro, que la colocaba como bandera en el tejado de su casa de madera. Una historia verdaderamente original. Además tenía unos dibujos preciosos. Todavía lo conservo, con algunas hojas rayadas y rotas. Siempre me ha gustado guardar celosamente mis cuentos y mis tebeos, empresa harto difícil cuando se tienen más hermanos pequeños. Y entonces todo es de todos.

Un día mis padres me llevaron a Zaragoza a pasarme por el manto de la Virgen del Pilar. Yo no me acuerdo mucho de aquel viaje, a no ser por las fotos que conservo en la plaza del Pilar, echando de comer a las palomas, y en las escalerillas del camarín de la Virgen, con un infantico algo mayor que yo. En aquellos trenes de carbón, que siempre andaban con retraso y paraban en todos los apeaderos y en todas las estaciones, debía ser toda una aventura ir a Zaragoza. Paisajes nuevos, gente desconocida con paquetes y maletas, militares de permiso, vendedores de lotería, curas con sotana y breviario, cobradores de la contribución, tratantes y familias enteras que, al llegar la hora del almuerzo o de la merienda, sacaban el pan, el chorizo y la bota de vino. Una de las muchas cosas que aprendí en Zaragoza es que no se podía cruzar las calles a la buena de Dios y por donde uno quisiera, sino que había que hacerlo por los pasos de cebra. Los guardias te obligaban a cruzarlas por estos pasos.

En otra ocasión fui también a Zaragoza con mis padres, a comprar el traje de la primera comunión. Entonces sólo había en los comercios dos modelos, el de fraile cartujo y el de marinero. Mi padre prefirió el de marinero. A mediodía fuimos a comer a un restaurante y mi madre me enseñó que los huesos de las olivas no había que echarlos sobre mantel, sino que había que dejarlos en nuestro plato. Cada vez que iba a Zaragoza aprendía una cosa nueva. Por la tarde mi madre me compró los zapatos de charol, el rosario y el libro con las tapas de nácar y el cierre dorado. Regresamos en el último tren de la tarde y toda la familia nos esperó en el apeadero, a pesar del retraso.

Unos días después tuvimos que ir a hacerme unas fotos a Calatayud al taller de un fotógrafo que se llamaba Santos. Con la fotografía que más le gustó, mi madre encargó unos recordatorios con la fecha de mi primera comunión. Comulgué de marinero el día de Santiago Apóstol en la iglesia del convento de san Benito de Calatayud, donde mi tía estaba de monja. Mi madre me vistió aquel día en el locutorio alto del convento. En el locutorio había dos rejas. Para ocasiones especiales como aquella, las monjas abrían una pequeña ventana en una de las rejas, para que los besos pudieran llegar a su sitio, salvando sólo una reja. La comida fue luego en el Fornos, donde hubo hasta champán. Tras la comida yo advertí a mi padre que aquel convite le iba a costar un ojo de la cara, pero él no me hizo ni pizca de caso y se echó a reír. Al acabar la comida los chicos salimos a jugar fuera del comedor.

Siempre que íbamos a Calatayud, pasábamos a ver a mi tía monja al convento de san Benito. Desde el paseo se cogían unas estrechas callejuelas y caminos solitarios entre huertos tapiados, que nos llevaban hasta la plaza de san Benito, donde daban sombra unos ailantos muy frondosos, que más tarde pude saber que los había mandado plantar Juan Blas y Ubide, cuando fue alcalde de su pueblo. Desde entonces me gustan mucho los ailantos, como a Blas y Ubide. Para agradecerle la sombra de los ailantos de aquella tranquila plaza de san Benito, guardo todos los años la última rosa del otoño para su lápida del cementerio. Nadie se acuerda ya en su ciudad de Blas y Ubide.

La puerta del convento de san Benito siempre estaba abierta. En el patio se tocaba la campana y la monja portera se asomaba a la mirilla de la puerta, saludando con una Ave María Purísima. El convento tenía dos locutorios, uno bajo y otro alto. Si se llevaba algún paquete se pasaba por el torno.

Todos mis amigos de escuela y de catequesis habían comulgado el día de la Ascensión, pero yo no pude hacerlo porque mi padre no había acabado la campaña de los domasquinos.

Mosén Inocencio nos preguntaba el catecismo en la iglesia, sentado en una silla de pie bajo. Las chicas ocupaban los bancos de la izquierda, a la derecha del mosén, y los chicos nos sentábamos en los bancos de la derecha, a la izquierda del mosén. Y todos a coro contestábamos con musiquilla a las preguntas de mosén Inocencio.
-¿Eres cristiano?
-Soy cristiano por la gracia de Diosss...
-¿Qué quiere decir cristiano?
-Cristiano quiere decir discípulo de Cristooo...

Para descansar, mosén Inocencio iba preguntando a unos y a otros por la fecha de nuestra primera comunión y todos contestaban con alegría y mucho entusiasmo. Cuando me preguntaba a mí, me encogía los hombros.
-No lo sé. Comulgaré cuando mi padre acabe los domasquinos.

Tras las nevadas de san Andrés y de la Purísima, tras las hogueras de santa Lucía, de san Antón y de san Babil, tras los turrones, que mi padre compraba en La Suiza de Calatayud, y los esperados regalos de la noche de Reyes, tras la vuelta a la escuela y con los almendros ya floridos, llegaban las fiestas de Paracuellos, tras un concurrido novenario a san Pedro Bautista. Las fiestas de Paracuellos se festejaban como era debido, tronara o nevara, alrededor del cinco de febrero, día del Patrón san Pedro Bautista. Aquel día las campanas bandeaban como los mejores días del año. Después de la procesión con la bandera y la peana del santo muy bien adornada, se celebraba la misa mayor, tras la cual se daba a adorar la reliquia de san Pedro Bautista, mártir franciscano en el Japón. A continuación el pueblo se reunía para dar buena cuenta del vermú popular.

La misma víspera de las fiestas y al acabar las faenas del día, los vecinos prendían una gran hoguera en la plaza del lugar, que iban alimentando con madera de olivo, de carrasca o de almendro. El fuego venía a aliviar las largas y frías trasnochadas de aquellos primeros días de febrero. A su alrededor se reunía todo el vecindario, para comer patatas asadas con vino de la última cosecha, murmurar de los forasteros y bailar el villano, un baile muy animado, en el que los hombres acababan descamisados y las mujeres sin aliento.

Una copla popular acababa poniendo las cosas en su sitio.

El primero hace día,
el segundo santa María,
el tercero san Blas,
el cuarto por medio
y el quinto san Pedro.

Los escolares de entonces nunca faltábamos a la misa de la tarde del miércoles de ceniza, ni a la del día de la Candelaria, siguiendo en silencio el rosario que rezaba desde el púlpito el monaguillo más espabilado, pues aquel día se repartían entre los fieles unas candelas de varios colores, que una vez bendecidas, servían para ahuyentar las tormentas del verano. Al otro día, festividad de san Blas, se iba a su ermita a oír misa, para luego merendar alrededor de una hoguera. Al acabar la misa mi madre mojaba un algodón en el aceite de la lámpara del santo, para hacernos una cruz en la garganta, como signo de protección. En esta ocasión tampoco faltaban las canciones en corro ni los vivas al santo.

El día del palmo tampoco había escuela por la tarde y todos los chicos de la familia íbamos con nuestras madres, tías y primos a merendar al Molar, que es un sitio muy abrigado, donde nunca llega el cierzo y el sol aguanta un rato más.

La tarde del 5 de febrero, festividad de san Pedro Bautista, no había escuela, sólo repaso, pero era igual, porque nadie se perdía las fiestas de Paracuellos. Aquel día, después de comer, se sacaban todas las propinas de la hucha y sin más tardanza se cogía el camino de Paracuellos, unos años con sol y otros nublado, pero siempre a resguardo del cierzo. Este camino real que llevaba de Saviñán a Paracuellos por el azud y el Prado, se conocía ya entonces como el camino de los curas, por ser muy concurrido por curas de almas, médicos y boticarios las tardes apacibles de invierno y primavera, cuando apetece estirar las piernas y estar un rato de conseja, pero siempre al abrigo de la cercera.

A buen paso se cruzaba la calle Mayor, el barrio de Paracuellos y las huertas que se regaban con la acequia de Juan Forcén, hasta llegar a las casas de la Juan Vieja. Y ya a cuatro pasos se daba con el barranco del Val, por el que casi todos los años bajaba un riachuelo de agua y había que sortearlo, pisando sobre unas piedras dispuestas para tal fin. Desde el Val aparecía el pueblo encaramado en un altozano, dispuesto alrededor de su viejo castillo, escenario de una triste historia convertida en leyenda.

Una vez cruzado el Val sin haber metido los zapatos en el barro, era preciso subir una larga costanera de tierra hasta la Portilla. A la sombra de las paredes de tapial, crecía lozana la hierba.

Todos los vecinos del pueblo y todos los forasteros acudían a la plaza del lugar, donde la banda tocaba aires de fiesta. Cerca de la fuente los vendedores habían montado varios tenderetes, donde vendían pilongas, gayatas con los colores del arco iris y martillos colorados de caramelo.

Entre toda la gente que llenaba la plaza, alguien señalaba a una mujer no muy alta y con zapatillas de colores, que cariñosamente se llamaba la tontica de Paracuellos.

Nada más llegar a la plaza, se tomaba aliento, se echaba un vistazo y se subía otro repecho hasta la iglesia, para adorar la reliquia de san Pedro, echando una limosna, corta o larga, en la cajeta que sostenía con las dos manos un monaguillo de cartón piedra de tamaño natural, que impresionaba a primera vista.

Desde esta calle que subía a la iglesia y a Gallopié, se contemplaba estupendamente el panorama de la plaza. Los músicos de la banda tocando el villano, la gente descamisada bailando desenfrenadamente, la hoguera bien alimentada, los chicos persiguiéndose entre la gente con los labios y las manos manchados de caramelo y los vendedores haciendo su agosto, mientras el reloj del Ayuntamiento iba dando puntualmente los cuartos, las medias y las horas en punto, y la última claridad de la tarde se escondía tras los altos tejados de las casas.

Una vez compradas las pilongas, las gayatas y los martillos, se cogía de nuevo el camino, esta vez de vuelta, vencida ya la tarde, y a buen paso se llegaba a Saviñán a la hora precisa del crepúsculo, con las luces de las esquinas ya encendidas.

En el banco de la cocina, al lado del fuego, después de la andada y de la merienda, acababan de salir los colores. Y entonces con pocas ganas y con buena letra, era preciso terminar la muestra y los deberes, para cenar y sin más tardanza ir a la cama y dormir como un bendito, después de rezar con las manos juntas el Jesusito de mi vida y leer un rato un tebeo.

Al año siguiente habría que ir de nuevo a Paracuellos, pasara lo que pasara, con pantalones cortos y el pasamontañas, saltándonos el repaso y el barranco del Val, para comprar con las propinas de los domingos pilongas, una gayata con los colores del arco iris y un martillo enorme de caramelo colorado, tan grande o más que un adoquín.

El año que el hombre pisó por primera vez la luna, pisé yo, que casi siempre estaba también en la luna, las calles y las plazas de Barcelona por primera vez. Y bajo la estatua de Colón pude contemplar todo el mar Mediterráneo frente a mí, ancho e inacabable, de un azul brillante y oloroso.

Pero fui precavido como Pulgarcito y como él fui echando migas de pan en el camino, para luego encontrar sin trabajo y sin equivocación el verdadero camino de vuelta. Es bueno y conveniente viajar a ciudades lejanas, dar la vuelta a nuestro pequeño mundo, conocer gentes y paisajes diferentes, para añorar cada vez con más fuerzas estas montañas, estos aires y este cielo abierto y limpio, que compusieron el perfecto escenario para los mejores años vividos. Así lo siento y así lo cuento, gracias a una buena memoria, una memoria casi tan grande como la de los elefantes.

De Memoria de Elefante, 2008

Altas/Modificaciones - Contacto - Información
© Calatayud.org 1999-2011