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Diálogo entre un funcionario y su asesor (II)

GUILLERMO HURTADO | El asesor entra en la lujosa oficina del funcionario.

Asesor: No le quito mucho tiempo, sólo quise pasar para desearle Feliz Año y darle el tradicional -mas no por ello menos sincero- abrazo.
Funcionario: Igualmente mi estimado doctor. Le deseo lo mejor.

Se abrazan efusivamente

A: ¿Dónde pasaron las fiestas? Si no es indiscreción
F: La Navidad en Aspen y el año nuevo aquí en México. Mi mujer y mis hijos están ahora con mi suegra en Nueva York.

A: Le traje un modesto regalo navideño.

El asesor le entrega un libro.

F: Muchas gracias, no se hubiera molestado. Veamos qué es: Baltasar Gracián, Obras completas, Editorial Aguilar.

A: Recordará usted que el otro día platicamos sobre Gracián en una sobremesa.
F: Es cierto, le confesé que jamás lo había leído.

A: Y en esa ocasión me atreví a recomendárselo enfáticamente.
F: En el posgrado leí a Maquiavelo. También a Rousseau. Luego estudiamos a los ingleses, a Hobbes, Locke, Smith. Pero jamás salió el nombre de Gracián.

A: Es muy desafortunado que se ignore la obra de Gracián en las universidades, sobre todo en las de nuestros países. Pero no sólo el aragonés debería ser lectura obligada, pocos se acuerdan de Diego de Saavedra Fajardo, autor de Idea de un príncipe político cristiano. Y no es el único; en el siglo XVII abundaron los politólogos hispanos y sus reflexiones sobre el poder siguen siendo de utilidad.

El funcionario ojea el libro, impreso en papel muy delgado.

F: Por lo que veo el lenguaje es muy enredado. ¿No será que por eso ha dejado de leerse?

A: Captó usted una característica distintiva de la prosa de Gracián: su densidad conceptual, el juego ingenioso de las ideas, el ejercicio retórico, en suma, su estilo barroco. A los lectores del siglo XXI se nos dificulta entender ese tipo de escritos, pero cuando aprendemos a leerlos se disfrutan sobremanera, ya verá.
F: ¿Cuál de sus obras me recomienda leer primero?

A: El Oráculo manual y arte de la prudencia. Es un texto breve en el que Gracián ofrece una serie de consejos para ser sabio y prudente, pero también para ser una persona de éxito en la vida cortesana y no sólo en ella, sino en todas las esferas de la vida. Que no le distraiga que a veces Gracián parezca contradecirse. A diferencia de otros filósofos, que ofrecen reglas rígidas para la acción, Gracián nos enseña a tomar en cuenta el contexto y a actuar de manera acorde. Por ello, si en alguna ocasión recomienda decir la verdad, en otra ocasión recomendará ocultar la verdad. El arte de la prudencia consiste en saber distinguir cuándo conviene hacer algo y cuándo no. El necio es el que actúa siempre de la misma manera, sin examinar la situación en la que se encuentra. Pero no se quede en el Oráculo, pasé luego a El héroe, El político, El discreto y El criticón.
F: Por lo que me dice en la política mexicana hay discípulos de Gracián, aunque nunca lo hayan leído.

A: Es natural, somos herederos del ingenio político español. La ciudad de México fue, como Madrid, una ciudad imperial y los modos cortesanos han perdurado hasta nuestros días. Lo grave, mi estimado amigo, sería que no se siguieran cultivando. Entonces sí que caeríamos en la barbarie.
F: ¿Piensa que los políticos de hoy son menos sagaces que los de antaño?

A: Con notables excepciones -como usted, un hombre a quien yo respeto- me parece que ni las licenciaturas en el ITAM ni las maestrías en Estados Unidos han formado una clase política de altura. Los tecnócratas pocas veces alcanzan la sabiduría que se necesita para gobernar. Y de los otros mejor ni hablar. Me refiero a los oportunistas sin escrúpulos, los mediocres con suerte, los lambiscones de oficio, los pequeños burócratas venidos a más, los politiquillos de arrabal. Esos sobran…
F: No se amargue estimado doctor. Apenas comenzamos el año y nos esperan grandes cosas, ya verá.

A: Tiene usted razón. Me da por ponerme nostálgico en estas fechas… No me haga caso…
F: Que pase un buen día y gracias de nuevo.

El asesor sale de la oficina. El funcionario arroja el libro encima de una pila de papeles.

La Razón (9-1-2016)

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