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El regusto del viaje

FRANCISCO TOBAJAS GALLEGO | El viaje, más o menos largo, más o menos esperado y de igual manera organizado y planeado convenientemente, preocupa e inquieta primero al propio mentor y luego a los que, en santa compaña, acceden gustosamente a llevarlo a cabo un día determinado y a una hora precisa, en necesaria complicidad y no poca armonía. El viaje, sea esta vez de los denominados de trabajo, de negocio, o bien de placer o de ocio, goza de la bienhechora virtud de trastocar la santa y apaciguadora rutina de los días, alborotando sobremanera nuestro conformismo, impacientando de igual manera nuestros acomodos y expectativas e intranquilizando de paso nuestro ánimo, al sentir ya próximo el momento de poner en bandolera nuestra curiosidad, nuestra imaginación, también nuestro interés y empeño en encontrar gentes, monumentos, paisajes, pueblos y ciudades que nos son desconocidos y que han de quedar indefectiblemente grabados, como una moneda de mil caras, en un rincón de nuestra memoria, junto con nuestro afecto y hasta con nuestra complacencia.

Y una vez ya de vuelta, apurados el día o los días en los que el viajero caminó al buen tuntún por las calles y plazuelas con nombres más o menos solemnes y sonoros, bebió el agua fresca de las fuentes, recibió el sol bendito del mediodía, contó una a una las campanadas de las catedrales, colegiatas o simples parroquias, según, sintió el aire frescachón o más bien templado al revolver cualquier esquina, cambió impresiones con los paisanos, comprobó el frío orden de los museos y sintió en propia carne las venturas de la misma casualidad y algunos imprevistos que gozan de la categoría de anécdotas, se le vendrán a la cabeza, uno a uno o todos en tropel, aquellos acontecimientos más destacados que el viajero narrará siempre con un entusiasmo ejemplar, y a lo mejor cargando las tintas, a los que tengan la necesaria paciencia de escucharle.
-¿Y no cree usted que hay tantos viajes como viajeros?
-Claro, amigo mío, que sobre gustos no ha de haber nada escrito, y cada cual elige su destino de acuerdo a sus posibilidades, a sus gustos y a sus preferencias, sean las que sean, sin demasiados prejuicios, sin demasiadas prevenciones y sin demasiados escrúpulos.

Los viajeros que prefieren los viajes organizados, saben de antemano que deben ser carne acomodaticia, carne de catequesis y seguir a pies juntillas al guía, todos agrupados, con sus cámaras fotográficas en bandolera y la consabida media hora para el almuerzo y para relajar los esfínteres, componiendo la foto de rigor. Los hay que recurren a las agencias de viajes, eligiendo parecidos destinos para el mismo mes canicular, pasando a engrosar la inacabable lista de turistas, que gustan tomar el sol hasta que se les pone la piel como un tomate, además de degustar con verdadero agrado la paella y la sangría del país. Y de esta guisa viajan de témpora a témpora, de puente a puente, de domingo a domingo, desertando del trabajo, del barrio, de la comunidad de vecinos y hasta de la familia más allegada, que dejarán en residencias dedicadas a tales menesteres, sean de personas o de animales de cualquier condición. Y así suceden los atascos, los retrasos de los aviones, las pérdidas de los equipajes y el hotel de media pensión o de pensión completa. Otros prefieren salir de casa con lo imprescindible y sin saber bien hacia donde tirar, a la que salte, y hasta que aguanten las piernas o el bolsillo, y entonces dar media vuelta, sin más, con el pretexto de un cielo amenazante, un camino demasiado montuoso, un tomate en cada calcetín, o con la llamada anhelante de la rutina del trabajo.
-¿Y no cree usted que en esta España benditera hemos cambiado a Pemán por Julio Iglesias?
-¡Si usted lo dice, sus razones tendrá para sostener esta opinión, tan ambigua como controvertida!

En los tiempos que corren, los viajes, salvo aquellos un tanto insólitos y en cierta manera extravagantes, que procuran a toda costa la originalidad, con el propósito de dar la vuelta al mundo en patinete o a la pata coja, de subir a la montaña más alta del mundo, de bajar a las profundidades de los siete mares, o de cruzar selvas, ríos, territorios o cielos, siempre por el camino más difícil y aventurado, han perdido, en cierta manera, su aureola romántica de aventura. Mal que nos pese, en nuestro mundo moderno más cercano, ya no circulan diligencias con señoritas relamidas, rondando ya sus capitulaciones matrimoniales, carlistas con mostacho, curas de once arrobas que esconden dos pistolas bajo la sotana, militares engreídos y marqueses sin un duro de plata. Es difícil toparse en los caminos que cruzan nuestra geografía con arrieros y trajinantes, que llevan sogas y traen congrio seco, ciegos que cantan de memoria los romances más sangrientos, segadores en cuadrilla, pobres de solemnidad con sarna, escrófulas, piojos y sabañones, que piden la voluntad en cada casa, la pareja de la Guardia civil pidiendo la cédula de cada cual y vigilando que se observe el descanso dominical, hombres que llevan los útiles de su oficio al hombro, o en mula, o en bicicleta, tal como el arenero, el afilador, el estañador, el sillero, el relojero, o el mismo capador de cochinos, que igual cura unas tercianas que arranca sin contemplaciones y de un tirón una muela negra como un tizón. Tampoco son fáciles de ver los maletillas, estirados como chopos, con los rostros cetrinos, el recaudador de impuestos, el repartidor de bulas, el verdugo, las mensajerías que recorrían sesenta leguas en cinco días, los bandoleros de buen corazón, que robaban a los ricos para dárselo a los pobres, los obispos y purpurados en su seiscientos, los esconjuradores en mula torda, el fantasma de San Pedro Arbués, los canónigos con papada que comían, tras la misa mayor y el sermón, sopa, pollo de corral y un cuenco de natillas, dejando el jicarón de chocolate para merendar, después de la siesta, los borrachos con la lengua de trapo, las mujeres licenciosas, prodigadoras de diviesos, purgaciones y mal francés, los caminantes descalzos por una promesa, los comediantes del tres al cuarto y los mismos vagabundos sin oficio ni beneficio.
-¿Y no cree usted que sigue habiendo dos Españas, casi irreconciliables: la que lee las revistas del corazón y aquélla que devora con fruición la prensa deportiva?
-Parece que hoy está usted un tanto melancólico y procaz, haciendo el trabajo del derramasolaces y del espantagustos.

Todos los viajes tienen su encanto, unos más que otros, esa es la verdad, sin embargo de todos ellos se aprende algo, bueno o malo, y de todos se recuerda algún percance, agradable o no tanto.

Los tiempos van cambiando, unas veces a trompicones y otras a empujones, nadie sabe con certeza si a peor o a mejor. Lo cierto es que todos nosotros, que confiamos en un porvenir lleno de venturas, que nunca acaba por llegar, tenemos la angustiosa sensación de ser testigos de un mundo, de unas gentes y de unas costumbres, que van a desaparecer tarde o temprano. Parecida impresión llegó a embargar a Gustavo Adolfo Bécquer, según escribe en una carta, manuscrita en una celda del Monasterio de Veruela, a las faldas del Moncayo. "... en el fondo de mi alma consagro, como una especie de culto, una veneración profunda por todo lo que pertenece al pasado y las poéticas tradiciones, las derruidas fortalezas, los antiguos usos de nuestra vieja España tienen para mi todo ese indefinible encanto, esa vaguedad misteriosa de la puesta del sol en un día espléndido, cuyas horas, llenas de emociones, vuelven a pasar por la memoria vestidas de colores y de luz antes de sepultarse en las tinieblas en que se han de perder para siempre".

Los forasteros siempre acuden a las fiestas de los pueblos, atraídos por los festejos, por las mozas que se dejan tomar por la cintura a ritmo de pasodoble, por las vaquillas, por la magia de unos días licenciosos, en los que el mundo está del revés. Tampoco faltan a su casa solariega los emigrantes que marcharon en busca de más anchos horizontes vitales y vuelven un tanto soberbios con un coche de aquí a allá, los churreros, los timadores con sus timbas, los novilleros, buscando una buena tarde, los charlatanes, los predicadores y los gorrones. Entonces es una buena ocasión para conocer las costumbres de cada lugar y de paso entablar una buena relación de amistad o de complicidad. Pero las fiestas nos ofrecen solamente una cara del lugar, posiblemente la más simpática, la más solemne, la más bulliciosa y quizá también la menos real. Por tanto resulta prudente y recomendable conocer los pueblos y sus gentes un día cualquiera. Entrar en cualquier pueblo de buena mañana, como hacen los cristianos viejos, pues de noche todos los gatos son pardos, y recorrer sin prisa las calles, poniendo suma atención en todo.
-Perdone, pero ¿es usted del seguro, o qué?
-No, señor, anda usted confundido. ¿Por qué habría de serlo, buen hombre?
-No, por nada, por nada. Yo se lo he preguntado a las buenas, porque he visto que tomaba usted unas notas y justo hace dos días que robaron en la caja de ahorros...

Y de vez en cuando entrar en cualquier taberna, donde descansar y de paso remojar el gaznate.
-Si me echa usted una foto, le doy mil pesetas, que no miento, que las llevo encima. ¿Si o no?
-Ya, ya.
-¡Vaya gracia! Gi,gi... Usted se ríe igual que una burra que tenía, que en paz descanse. Los burros, verdad usted, por muy burros que sean, también deben descansar en el Señor. ¿Si o no?
-Si usted lo dice tan convencido.
-El otro día fui con éste, el del bar, a Mainar. De una cerveza me cobraron cien duros y de un polvo mil duros. Yo le dije, quiero estar cuatro horas..., pues veinte mil pesetas. ¿Si o no? Tenía las tetas punchas y a lo mejor era polaca. Yo le dije: ¿Sabes hablar en cristiano?, a lo que ella dijo, pacompri. Eso es francés. ¿Si o no?
-Pues parece que lleva usted razón.
-¡Vaya casualidad! Gi,gi... Usted se ríe como una burra que tuve. Ahora tengo veinte conejos. Si quiere le regalo uno. ¿Si o no? Para Navidades igual tengo ya cuarenta..., o más. También tengo cuatro gatos y dos veteranos. Uno es como un tigre y cuando me pongo a merendar, se me suben por las piernas, al olor de las sardinas. Si quiere, le regalo uno..., o dos. ¿Si o no?
-Se lo agradezco, pero no puedo hacerme cargo.
-A todo esto, ¿usted a qué coño se dedica, porque tiene una cara de cura recién botado del seminario... ?
-Ya ve usted, las apariencias engañan.

Y beber de trecho en trecho el agua fresca de las fuentes del camino, de las plazas de los pueblos, incluso las de los balnearios, haciendo tiempo con los bañistas.
-Esta fuente, como se indica, la bendijo el obispo de Bucarest allá por 1862, o sea que es de confianza. Puede beber sin miedo. Por si no lo sabe le diré que el doctor Alejandro de Gregorio Guajardo, que sabía mucho de las aguas de Jaraba, escribió que los baños en general aumentaban las funciones del riñón y sobreexcitaban los deseos eróticos, cosa nada desdeñable a nuestra edad, proporcionando una sensación de adormecimiento y bienestar. Si quiere usted puede grabar sus iniciales en los ladrillos o en la misma pared, no se prive, otros lo han hecho antes que usted...
-Sí, se lo agradezco. La voy a poner entre estas otras... Pepita Moreno 31 de agosto 1904, Padre Beteta, G. Linney 6-8-1918, Marcos Subías 1914...
-Esto es muy sano, como puede ver, pero muy aburrido. Los bañistas sólo hablan de sus enfermedades... Yo prefiero leer después de la siesta. Ahora estoy leyendo un libro que publicó en 1918, el maestro nacional Lorenzo Calavia Santos, con el título de Joyas de Aragón. Reseñas históricas de Jaraba, de sus afamados baños y de su milagrosa Virgen. Si usted lo quiere leer ya se lo pasaré con mucho gusto.

Y de paso peregrinar al santuario de la Virgen de Jaraba, al de la Virgen de Constantin, en Purujosa, al de la Virgen de Semón, en Acered, al de la Virgen de la Peña, en Calatayud, al de la Virgen de Tobet, al de la Virgen de la Sierra, en Villarroya, al de la Virgen de Jerusalén, en Inogés, al de la Virgen de Pietas, en el Frasno, o al de la Virgen del Moncayo, donde comer judías bien apañadas, con chorizo y costilla de cerdo, y de paso sentir el pegajoso y entusiasta fervor popular.
-Manolo fue a Lourdes a que hiciera un milagro la Virgen. Vino muy malo y a los cuatro días se murió.
-¡Coño, qué milagros hace Dios!

Y recorrer Bílbilis una tarde calurosa, con el viento susurrando los epigramas más groseros de Marcial, la misma calle de la Amargura de Purujosa, el alcornocal de Sestrica, o la morería de Calatayud.
-¿No vendrá usted a cobrar lo de la peña taurina?
-No, señora.

Y mirar la hora en los relojes de sol de la plaza de Chodes, redonda como una hogaza de pan, según sea de mañana, "A Solis Ortu", o bien ya de atardecida, "Ad Ocassum Solis", o en el de Abanto, que aloja un lema inquietente: "Abajo los consumos". Y rezar un padrenuestro en Cubel, delante de una cruz de metal, lugar donde perdió la vida un muchacho de 23 años, de nombre Teodoro Baquedano Hernando, que murió de accidente de tractor en 1963. Y recordar su sobrecogedor epitafio.

El que estas letras lea que me rece un padrenuestro
y que me encomiende a Dios.

Y sentir lástima por el mozo Tiburcio Sebastián, de Cosuenda, que murió el día de San Miguel de 1858, de desgracia de campana. Claro que el milagro de San Babil ocurrió en Illueca. Y conocer el ejemplo de mosén Antonio Colás y Sicilia, cuya efigie de ilustrado campea en la plaza de Nuévalos, sobre una fuente de agua fresca, que consiguió trasvasar, a pesar de la oposición de los monjes del Monasterio de Piedra, del río Piedra al río Ortiz. Y el de otro ilustrado prócer, mosén Vicente Martínez, oriundo de Inogés, que enseñó a sus paisanos a cultivar olivos y zumaque, además de confortar espiritualmente. Y sostener en las manos el cráneo del Papa Luna, repitiendo el monólogo de Hamlet, y recordando sus propias palabras escritas en el libro Consolaciones. "Cierto es que toda gloria mundana es engañosa et toda fermosura es vana, la cual vanagloria muy brevemente es demostrada cuando el muy alto Señor Santo Padre es coronado; ca entonce encienden una estopa e la lanzan en alto así encendida, e luego es consumida e dan grandes voces diciendo: Ansi pasa la gloria de este mundo". Y asistir, conmovido e impresionado, a la contradanza de Cetina, cada 19 de mayo, día que se festeja al santo del lugar, San Juan Lorenzo. Y pasear por el Monasterio de Piedra y escuchar, con el murmullo del agua y de los pájaros, la certera memoria de Víctor Balaguer o de Federico Muntadas, confundido en el seudónimo de Leandro Jornet. Y detenerse delante de la ermita de San Antonio de Morés, donde descansa en el reparador sueño de los justos, de los magnánimos y de los letrados, Faustino Sancho y Gil, y leer de nuevo sus discursos, sus estudios y sus artículos. "Soy de los que encuentran un placer, a ninguno comparable, visitando todos los años el pueblo de mi nacimiento. Me agrada infinito contemplar el campanario de la iglesia en cuyas aras deposité las primeras flores que cogí siendo niño; oír el tañido de las campanas que anunciaron mi nacimiento, y ojalá sean ellas quienes anuncien mi muerte...!". Y llevar flores el día de difuntos a Baldomero Mediano, fundador de la primera Revista de Aragón, a la ermita de San Roque, de Paracuellos de la Ribera, a la tumba de Juan Blas y Ubide y al nicho de Sixto Celorrio, en el cementerio bilbilitano. Y recordar el gracejo de Romualdo Nougués, el soldado viejo natural de Borja, y el somarda de Braulio Foz, su cuñado. Y cada 17 de mayo asistir a la procesión de San Pascual Bailón, el patrón de los sogueros, que recorre las calles de Calatayud, mientras le bailan delante las últimas barrenderas de la ciudad. Y sentir en la cara el cierzo que mueve las aspas del molino de Malanquilla. Y beber del agua de la fuente de los Incrédulos que plantara Pignatelli en Zaragoza para escarnio de apáticos y displicentes. Y encontrar la esquina del ¡jodo!. Y correr delante de los cabezudos y de la máscara de Ateca y del mismo Cipotegato de Tarazona. Y toparse de frente con el mismísimo diablo, que guarda un extraño parecido con Gerónimo Borao.

El viaje, en singular o en plural, ayuda a conocer, a saber un poco más de las gentes que fueron y que son, a quien dedican sus paisanos monumentos, calles, plazuelas, o bien un inmisericorde olvido. A conocer la historia, a palparla casi con las manos, a respirar el aire de la aventura, a investigar, a toparse de frente con gestos, ejemplos y actos verdaderamente admirables. El viaje inquieta, el viaje enseña, el viaje ayuda a comprender, ayuda a vivir y a soñar. Viajemos pues conociendo nuestra tierra, nuestras gentes, pasadas y presentes, los caminos, los árboles, los ríos, los montes y los cielos, siempre diferentes. El que no viaja no conoce y el que no conoce, es como si no quisiera abrir los ojos una mañana luminosa de primavera. Pero, allá cada cual.

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