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Incrédulos

FRANCISCO TOBAJAS GALLEGO | En el Memorial Literario, que se editó en la Imprenta Real de Madrid de 1784 a 1808, apareció un artículo en septiembre de 1787 referido a los pararrayos del almacén de pólvora del castillo de Montjuich de Barcelona, llamado de San Felipe. En él se decía que el 15 de octubre de 1754 y a consecuencia de un rayo, había volado un almacén de pólvora en Montjuich, aunque entonces contenía poca pólvora. En 1781 el rey mandó colocar pararrayos en este almacén de pólvora de San Felipe. Entonces se colocaron tres pararrayos que resultaron eficaces con el rayo que había caído la madrugada del 14 de septiembre de aquel año de 1787. El oficial de guardia pasó aviso al Gobernador, quien informó al comandante del Real Cuerpo de Artillería de Barcelona. Este comisionó a Diego Mosteyrin, director de las Reales Atarazanas, bajo cuya inspección se habían armado los pararrayos, para que fuese a reconocerlos. Fueron también el marqués de Alfarrás, secretario de la Real Academia de Ciencias Naturales y Artes, Felipe de Amat, individuo de la misma, y los doctores Antonio Juglá y Francisco Salvá, director aquel y revisor éste de la Dirección de la electricidad de la misma Academia, a quien correspondía la observación de estos fenómenos. Todos pudieron comprobar que el rayo sólo había causado daños en la punta del pararrayos. En el mismo artículo se informaba que un rayo había caído en una vidriera de la casa de campo del barón de Maldá en Esplugas, derritiendo una pequeña porción de plomo. A causa de este feliz suceso, el arzobispo de Barcelona mandó rezar durante tres días y en todas las misas una oración de gracias.

En el número del 24 de noviembre de 1878 de la Revista de Aragón (1878-1880), el catedrático universitario Pablo Ordás y Sabau publicó un soneto dedicado al pararrayos: "Con ígneas alas, tempestad bravía/ Avanza con furor. ¿Porqué el semblante,/ Oh amigos, demudáis? ¿Porqué un instante/ Suspéndese el banquete la alegría?/ Sobre la alta techumbre fiel vigía,/ Talismán contra nube fulgurante, / la barra de Franklin se alza triunfante/ En la atmósfera eléctrica y sombría. / ¿Oís el ronco trueno? ¿El refulgente/ Relámpago observáis? ¡Escanciad vino! ¡Brindemos por la ciencia alegremente!/ ¡Gloria al destello del saber divino/ Que hace al rayo sumiso y obediente/ Trazando en férreo cable su camino!".

Más incrédulo se mostraba el profesor ante el movimiento continuo, glosado en dos artículos publicados en octubre de 1878 en la misma revista, y en la posibilidad de la navegación aérea. Y con este título de "Imposibilidad de la navegación aérea", publicó un artículo en la mencionada Revista de Aragón el 15 de febrero de 1880.

Ordás y Sabau escribía que después de la primera impresión al ver el globo de los hermanos Montgolfier en el aire, se vio que era imperfecto, pues no podía dirigirse hacia donde conviniera. Como ocurría en la marina, harían falta velas, hélices propulsoras o ruedas de paletas. Las velas las descartaba por ineficaces, aunque los otros dos sistemas tampoco ofrecían mayores probabilidades de éxito. Algunos querían imitar las alas de los pájaros, aunque el profesor consideraba de "quimérica" esta aptitud de querer dotar de alas a los globos. Los más sensatos habían "comprendido lo vano de los propósitos de dirigir globos de volúmenes tan grandes como es preciso sean para que floten elevando algunos pesos; y, echando por nuevo rumbo, han adoptado la divisa -Más pesado que el aire- dedicándose a idear aparatos que traten de elevar, a pesar de esa condición". Pero el mayor inconveniente de los motores era su peso en la barquilla del globo. Él pensaba que "a peso igual el hombre es el motor que más fuerza produce. Luego lo que con hombres no se consiga no se conseguirá con ninguno de los motores conocidos".

José Blasco Ijazo cuenta en uno de sus incontables reportajes que vieron la luz en El Noticiero, que en el verano de 1857 visitó Zaragoza una compañía de piculines que daba funciones en la plaza de toros, cuyo director era Mr. Esteban Buislay, un famoso acróbata. Buislay subía una rampa en espiral de quince metros de altura sobre una bola de madera. La subía de espaldas y la bajaba de frente. La función terminaba con una ascensión en globo. Mientras se hinchaba el globo, el público se había echado el primer día al redondel, aunque en sucesivos días la autoridad lo impidió. El hijo de Buislay subía a la barquilla y el globo desaparecía de la vista de los espectadores, que salían de la plaza para ver dónde caía. Muchos curiosos acudían a prestar auxilio al intrépido navegante y muchas huertas sufrían cuantiosos daños. Por ello la autoridad municipal mandó pregonar esta advertencia: "Se suplica al respetable público que concurra esta tarde a la plaza de toros y al que no asista, que el globo será auxiliado por servidores de la compañía y guardas de los términos de la ciudad, prohibiéndose, bajo multa, transitar por los campos sin otro pretexto".


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