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| Los viajeros románticos por Aragón
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JOSÉ MARÍA ARIÑO | En septiembre de 1844, el escritor romántico balear José María Quadrado y el pintor y litógrafo barcelonés Francisco Javier Parcerisa emprenden juntos un viaje de más de seis meses por Aragón para rescatar del olvido los principales monumentos artísticos de nuestra región y deleitarse en la contemplación de nuestros parajes naturales. Este viaje artístico literario forma parte de un ambicioso proyecto editorial de once volúmenes titulado Recuerdos y Bellezas de España.
Recuerdos y bellezas de España
La colección artística Recuerdos y Bellezas de España es mucho más que un simple libro de viajes. Francisco Javier
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Parcerisa, editor y promotor de esta empresa, se propone desde el principio rescatar del olvido los principales monumentos artísticos de España, plasmando en más de quinientas litografías lo más peculiar de nuestro patrimonio artístico y cultural. Esta aventura ocupará durante más de treinta años no sólo al artista barcelonés sino a cuatro colaboradores literarios: Pablo Piferrer, que se ocupará de los dos volúmenes de Cataluña y del tomo dedicado a Mallorca; Francisco Pi y Margall, que redactará el tomo de Granada; Pedro de Madrazo, que escribirá los volúmenes dedicados a Córdoba, Sevilla y Cádiz; y José María Quadrado, que será el responsable de la mayoría de los volúmenes: además del tomo de Aragón, será el autor de los volúmenes dedicados a Castilla La Nueva (en colaboración con el historiador bilbilitano Vicente de la Fuente), Asturias y León, Valladolid, Palencia y Zamora y Salamanca, Ávila y Segovia.
El volumen dedicado a Aragón
El escritor balear José María Quadrado recorrió las principales ciudades de nuestra región desde septiembre hasta diciembre de 1844 junto con el dibujante y litógrafo barcelonés Francisco Javier Parcerisa. Estas excursiones artísticas dieron como fruto un volumen de más de cuatrocientas páginas y de cuarenta y ocho láminas litografiadas.
El tomo se divide en tres partes. Cada una está dedicada a una provincia. El itinerario de los dos viajeros románticos por Aragón tiene como punto de partida la parte oriental de Huesca, en el límite con Cataluña. Es un recorrido casi circular por las principales ciudades aragonesas que acaba precisamente muy cerca de Fraga, con la visita a Caspe y al cercano Monasterio de Rueda.
La provincia de Huesca brinda a Parcerisa y Quadrado una serie de atractivos paisajísticos y arquitectónicos que quedan plasmados en poéticas descripciones y en selectas litografías. El literato describe con admiración los pintorescos valles que bordean el río Cinca, la calle de las fuentes de Barbastro que compara con una calle de Venecia o la majestuosa torre de la colegiata de Pertusa, cuya lámina encabeza esta primera parte.
Las elevadas y escarpadas eminencias de los Pirineos, que los viajeros contemplan desde Jaca, despiertan su admiración por su carácter salvaje y sublime. Tampoco son ajenos a la pluma o al pincel de Quadrado y Parcerisa algunos detalles costumbristas de la provincia altoaragonesa como son una procesión de Semana Santa en la catedral de Barbastro, una antigua chimenea en Jaca o una litografía con habitantes de los valles de Hecho y Ansó, con su peculiar indumentaria.
Uno de los monumentos que más llama la atención de los viajes decimonónicos es el antiguo monasterio de San Juan de la Peña. Su claustro colma las aspiraciones de la sensibilidad romántica tanto por la conmoción sublime que produce a los viajeros como por la perfecta armonía entre la arquitectura y el entorno natural que rodea al monumento. La descripción de Quadrado revela además un profundo sentimiento religioso:
"La primera mirada y el primer asombro es para la negruzca y rojiza peña, que arrancando de una de las alas del claustro, corta atrevida los aires en su gradual elevación. Desde el corredor descubierto los ojos del cenobita no podrían elevarse al cielo sin tropezar con la imponente mole, que semejante a Dios, según la disposición de ánimo y las ideas de cada cual, tan pronto para proteger amorosa, como amenazar irritada al monasterio enclavado en su seno". (página 207)
La capital aragonesa ocupa importantes páginas narrativas y descriptivas. Uno de los monumentos civiles de la ciudad que más llama la atención de los viajeros es la Torre Nueva, situada en la pequeña plaza de San Felipe. Quadrado destaca su altura e inclinación de este singular monumento, desde el cual se puede contemplar una pintoresca perspectiva. Su descripción culmina con una premonición que anticipa el final de esta torre, única en género y admirada por todos los viajeros que visitaban la ciudad aragonesa:
"Ocho balcones salientes forman la galería en cuyo centro cuelga la campana principal; y el que suba las 260 gradas de la escalera que gira entre los muros exteriores de la torre y otro interior paralelo, ve su fatiga compensada por la perspectiva que le presenta la ciudad agrupada en derredor a sus plantas, y su vastísimo horizonte surcado por ríos y canales, bordado de huertas y alamedas". (página 251).
Por Zaragoza y su provincia
El recorrido por la provincia de Zaragoza comienza por las cercanías de la ciudad con un paseo en barca por el Canal Imperial sobre el río Jalón y continúa por las principales ciudades zaragozanas. De Tarazona destaca Quadrado su poética situación, sus tradiciones, la armonía entre el arte y la naturaleza y el carácter suave y apacible de sus moradores. La antigua Bílbilis, patria de Marcial, con sus dos colegiatas y su pintoresca torre de Lopicado o del reloj, excita la imaginación del escritor y del artista que, al contemplar la ciudad desde una de las casas excavadas en las peñas, no dudan en describir metafórica y poéticamente el paisaje urbano y su entorno, cual si fuera un puerto de mar.
La monumental Daroca completa el recorrido de los dos viajeros por las ciudades zaragozanas. Las tradiciones milagrosas como la de los santos corporales y su carácter medieval reavivan la fantasía del caminante que, al contemplar la Puerta Baja a la luz de la luna vuelve a recordar con entusiasmo las épocas medievales más gloriosas:
"Y si llega el caminante a deshora, cuando sólo turba la alta quietud el rumor de la copiosa fuente derramándose en el vecino pilón por veinte caños, cuando los rayos de la luna se quiebran misteriosos en los dos pardos gigantes de piedra, se creerán transportado a un mundo que ya no subsiste sino en las leyendas y que una generación difunta va a hospedarle en su intacta mansión y asociarle a su fantástica existencia". (página 362).
Dos breves pero interesantes capítulos reclaman la atención del lector en esta segunda parte del volumen: Quadrado dedica senda partes a los monasterios zaragozanos de Veruela y de Piedra. La visita al monasterio de Veruela coincide con el 1 de noviembre de 1844. El monasterio bizantino del siglo XII, dominado por el formidable Moncayo, cual un dios protector, presenta a los ojos de Quadrado un aspecto exterior austero y belicoso. Cuando penetra en el interior del templo y del claustro bizantino el viajero balear recrea una atmósfera romántica, anticipándose a las posteriores evocaciones becquerianas:
"Dícese que a veces lamentables gemidos se exhalan de aquellas tumbas, que las serpientes y endriagos de los capiteles del claustro se animan por intervalos formando un infernal concierto de aullidos, silbidos y lloros como de infante, pero no son aquellos sino caprichos y modulaciones del viento en los corredores solitarios. Sin embargo, si tienen voz los monumentos, si en medio de la insensibilidad del hombre resta algo en la naturaleza, o más arriba en la región invisible, que por ellos se interese, oiréis allí la voz de la desolación que llora sobre Veruela". (página 332)
El Monasterio de Piedra sorprende a los viajeros no tanto por su variada aunque decadente arquitectura como por su belleza natural y paisajística. La contemplación de la famosa cola de caballo conmueve a los viajeros por su sublimidad.
Teruel y alrededores
El recorrido por la provincia de Teruel es más breve y rápido. Quadrado y Parcerisa visitan primero Albarracín a finales del mes de noviembre. La contemplación de la ciudad desde un puente de tablas que atraviesa el río Guadalaviar, ya con el crepúsculo, sugiere a los viajeros dos sensaciones complementarias. Destaca primero la visión de la ciudad turolense como una arcadia renacentista: la modesta vega encerrada en el valle, el humo que se cierne sobre los grupos de cabañas, los balidos de las ovejas… Aparece después el carácter salvaje y agreste de un enclave de carácter bélico, ceñido de almenas, perdido en un valle solitario y rodeado por eminencias con unas rocas amenazantes.
La llegada a Teruel sorprende a los viajeros por la aridez de sus tierras y el movimiento de sus habitantes, en contraste con lo escarpado y solitario de Albarracín. Una de sus joyas artísticas, bastante deteriorada en la época, es la torre mudéjar de San Martín, que encabeza como portada esta tercera parte de la obra. La plaza de la capital muestra además un encanto especial por su variedad arquitectónica y por la disposición irregular de sus edificios. Quadrado no puede evitar la evocación de épocas pasadas, trasladándonos a la Edad Media turolense.
"En las angostas si bien aseadas calles, ocas ventanas ojivas, pocas torres ahumadas evocan en la memoria las tumultuosas escenas de la edad media; pero la altura y el pardo tinte de los muros prestan a las casas solariegas un aspecto sombrío y fuerte análogo a la historia de asechanzas, combates, asaltos, al par que atestiguan la magnificencia de sus primeros poseedores". (página 391)
El itinerario de los viajeros románticos por tierras turolenses se completa con la visita a la risueña y frondosísima Alcañiz. Antes de llegar la ciudad del Guadalope, José María Quadrado destaca con brevedad la riqueza artística de Mora de Rubielos y Rubielos de Mora, los muros de piedra que cercan a Mirambel, las fábricas de papel de Villarroya o los ya famosos quesos de Tronchón.
Alcañiz muestra a los viajeros los pintorescos pórticos de las casas consistoriales, con predominio de elementos renacentistas y el monumental castillo sede medieval de los comendadores del reino de Aragón.
Heraldo de Aragón (Artes & Letras, 25-5-2005)
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