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JUEGOS FLORALES


El primer concurso poético denominado con este nombre se celebró en Toulouse en 1323. Años después (1393), Juan I de Aragón instituyó estos certámenes en Barcelona. Los Juegos Florales contemporáneos se iniciaron en esta ciudad en 1859 bajo la protección del Ayuntamiento y por iniciativa de Milá y Fontanals, Víctor Balaguer, Rubio y Ors, Juan Cortada, Miguel V. Amer, Pons y Gallarza y Antonio de Bofarull. Fueron producto del renacimiento cultural catalán de mediados del siglo XIX y, a su vez, plataforma del futuro catalanismo político de fin de siglo. Uno de sus fundadores, Víctor Balaguer, intentó deslindar los primitivos postulados con que fueron reinstaurados los juegos, ampliamente identificados con un regionalismo cultural, de los colores nacionalistas que ciertos sectores catalanes quisieron imprimir después a estas "fiestas poéticas".

En síntesis, los Juegos Florales que se organizaron a lo largo de toda la geografía española fueron fundamentalmente certámenes poéticos en los que se donaban tres premios mayores a las poesías presentadas sobre temas patrióticos o regionalistas, religiosos y amorosos, temas que venían definidos por los antiguos lemas ya utilizados en los orígenes de estas justas: "Patria", "Fides" y "Amor". El premio "Patria" fue el que dio carácter regionalista a los juegos, especialmente en Cataluña. Una serie de premios menores fueron añadiéndose a los anteriores, a través de donaciones particulares y de entidades públicas, para trabajos históricos, económicos, religiosos… Fundamental era el boato que envolvía la ceremonia de entrega de premios; también la solemnidad que rodeaba al "mantenedor" o presidente de los Juegos, que pronunciaba el discurso principal, y a la "reina de la Fiesta", sobre la que descansaba la más tradicional y conservadora idea de lo que debía ser una mujer.

Hasta la última década del siglo XIX no llegaron los Juegos Florales a Aragón (aunque Moret afirmaba en 1896 que ya se habían celebrado aquéllos en Zaragoza en 1595, con la importante participación de Miguel de Cervantes). Fue Calatayud la primera sede aragonesa de estos certámenes, al realizarlos durante las fiestas patronales de 1893, con la participación de Feliú y Codina, autor de La Dolores, como principal mantenedor. Obtuvo la flor natural el poeta bilbilitano Benito Muñoz.

Parece que otras localidades aragonesas también organizaron Juegos, como es el caso de Alcañiz, pero fueron los zaragozanos los de mayor resonancia, donde se celebraron desde 1894 hasta 1905, con la excepción de 1897, 1898 y 1899. Sus organizadores pretendieron superar el carácter regional e incluso nacional, haciendo propaganda de los mismos fuera de las fronteras españolas, especialmente en Francia y Alemania. Así, en los últimos certámenes se concedieron premios a trabajos escritos en francés, provenzal y alemán, donados por los consulados de esos dos países.

Los Juegos Florales de Zaragoza y Calatayud hay que encuadrarlos dentro de dos fenómenos profundamente relacionados entre sí y que caracterizan la historia aragonesa de entresiglos: el proceso de industrialización que, a partir de 1894 y durante el primer lustro del siglo XX, colocó definitivamente a Aragón entre las sociedades modernas, y el relativamente intenso regionalismo cultural, todavía no político, que Aragón vivió durante aquellos años.

Prueba de la primera afirmación está en el padrinazgo de los ayuntamientos, Ateneo, Cámara de Comercio y otras instituciones ampliamente relacionadas con los nuevos medios económicos, y en la colaboración directa de algunos prohombres del sector. En este sentido es obligado reseñar la importancia que los organizadores, tanto en Calatayud como en Zaragoza, dieron a los premios concedidos a estudios económicos regionales o locales, hasta el punto de que por ese motivo llegaron a definir los Juegos como certámenes "científico-literarios".

Por otro lado, el amor a Aragón quedó manifiestamente expresado desde las primeras celebraciones. Ello se concretó -además de en actos coloristas, presencia de banderas, etcétera- en la concurrencia a los Juegos de trabajos sobre la historia medieval aragonesa (Giménez Soler, Pano, etcétera) y de cantares y romances regionales (Sixto Celorrio o Casañal). Los distintos discursos de los mantenedores no sobrepasaron la tradicional enumeración de tópicos aragonesistas, y se caracterizaron por las reiteradas afirmaciones españolistas y referencias a la indisolubilidad de la patria española. Víctor Balaguer fue quizás, con Marcos Zapata, el mantenedor que más profundamente y con mayor entusiasmo habló en Aragón.

Desde el año 1893, y hasta 1896, se siguieron celebrando Juegos Florales en la ciudad bilbilitana. Salvo en el primero de ellos, en el que, como ya se ha apuntado, obtuvo la flor natural Benito Muñoz, los restantes fueron ganados por Manuel Lassa, por lo que al apartado de poesía se refiere. Ya en el siglo XX, hasta mediados de los años 60 y coincidiendo con las fiestas patronales, siguieron celebrándose diversos concursos científico-literarios que mantuvieron el nombre de Juegos Florales.

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