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| ARÁNDIGA |
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Puerta baja de la villa |
Arándiga surge, emerge más bien, a la izquierda de la carretera. El caserío se apiña en torno al castillo roquero, que se recorta en el firmamento azul, con sus almenas cual sierra afilada sobre el horizonte. Según como da la luz, las ruinas de la fortaleza traen remembranzas de cuentos de hadas, silueteándose en la cumbre del abismo rocoso.
Abajo, junto a la carretera, la fuente de manantial que alimenta el legendario lavadero. Desde allí, apenas puede apreciarse el casco urbano. Unas pocas docenas de tejados se escalonan en la ladera norte, a la sombra de las ruinas del castillo. La población se asienta preferentemente al otro lado, cara al
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Mediodía, donde recibe el sol de plano, a resguardo de otros montes, el de San Cristóbal, al fondo, y la loma de las Eras, en primer término.
Uno va de sorpresa en sorpresa. Se accede por la calle del Arrabal. Un abrevadero, parte el camino de las Eras y el pueblo. Cerca, el edificio de las escuelas, casi suntuoso. La Costeruela se empina desde su mismo arranque, en la calle del Arrabal. A la izquierda, casi al final, la calle del Pilar, y en el centro, presidiendo, la puerta de la villa.
La calle Barón de la Torre, que empieza en la misma puerta de la villa, desemboca en la plaza Mayor, rectangular, llena de sol quebrándose contra las blancas fachadas de los edificios. La calle de la Umbría hace honor a su nombre y parte de la misma plaza.
Al otro extremo del pueblo, con salida directa al campo abierto, se encuentra la puerta del Collado. Ya no sigue en pie, pero la calle heredó el nombre. Hacia arriba, ganándole altura a la plaza, camino del castillo, las calles de la Iglesia, del Concejo, del Coladillo, la cuesta del Horno… Y en lo más alto, las almenas de la fortaleza recortándose contra el firmamento, a veces llenas de sol y a veces enredadas de nubes.
Desde la cota más alta cabe contemplar la fusión de dos ríos que corren a darse su abrazo fraterno en Arándiga: el Aranda -que prestó nombre al pueblo- y el Isuela. Ambos seguirán ya confundidos, agua de la misma agua, hasta desembocar en el Jalón.
Está claro que la construcción del castillo se adaptó a las rocas que le sirven de cimiento. Por eso tiene planta irregular. Sólo quedan ruinas en pie; ruinas orgullosas, que se yerguen galanas para pregonar las glorias del pasado. Pocos castillos se anuncian con un pintoresquismo semejante.
La iglesia parroquial se encuentra situada casi al pie del castillo y está en ruinas. Tuvieron que cerrarla porque amenazaba peligro. El edificio tiene escaso mérito, con remiendos y añadidos de diversas épocas. El pequeño campanario de piedra, de forma rectangular, apenas sobresale unos metros pon encima de los tejados.
La ermita de la Purísima Concepción es más bien una segunda iglesia. Hay otra, a unos cinco kilómetros de la localidad, cerca de Brea, dedicada a San Cosme y San Damián. Se encuentra en el Boalaje. El boalaje era el tributo que se pagaba en las dehesas donde pastaban los bueyes; es un vocablo incorporado al castellano, y significa también dehesa boyal. Uno piensa, forzosamente, en el pasado morisco de Arándiga. Quizás de aquella época datan algunas de las tradiciones que todavía perduran.
A esta ermita se va en romería, a caballo, el segundo lunes de mayo. Cuando se llega, los jinetes pasan corriendo. En la ermita de San Cosme y San Damián todavía se suceden las galopadas el día de la romería. Según cuentan, los moros conversos que se quedaron en Arándiga ya lo hacían así, rememorando, sin duda, su típica fiesta de "correr la pólvora". (Alfonso Zapater)
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